Copyright © 1993 Depósito legal pp.76-0010 ISSN 0378-1844. INTERCIENCIA 18(5): 255-260

ENSAYOS
ESSAYS
ENSAIOS


TECNOLOGIA Y CIENCIA

Dr. FRANCISCO GIL ARNAO *

*Dr. Francisco Gil Arnao. Universidad de Los Andes. Apartado 258. Mérida 510-A, Venezuela.

/ PALABRAS CLAVE / Ciencia y Tecnología / Programa Eureka /


"Lo natural no es fin ni final para el hombre actual".

J. D. García Bacca

La tecnología acompaña a la humanidad desde el amanecer de la historia. Previo a las Tablas de los Diez Mandamientos, el hombre realizaba sus primeras experiencias en la fabricación de objetos y herramientas. El hombre emergió como tecnólogo obligado a vencer las dificultades del medio ambiente y asegurar su supervivencia. En un lapso que cubre cuatro mil años la tecnología adquiere residencia en la tierra y sus vecindades. La tecnología conquista su propio espacio y en su desplazamiento sideral parece no tener fronteras. Poseído por una voluntad de progreso, el hombre construye nuevas alas en su eterno sueño de redimir las pretensiones de Icaro. Llegó el tiempo de meditar sobre el proyecto de acercarnos al sol. El caos vendría si los basureros de tecnología crecen exponencialmente.

Los límites de la tecnología semejan un crucigrama sin solución. Las dificultades comienzan en la definición de tecnología. Aquí los peligros por omisión estrechan su dimensión. Mirar la tecnología como "conocimientos propios de un oficio mecánico" (D.R.A.E., 1970) anula toda posibilidad de unión de la tecnología con el arte y otras expresiones de la cultura. Por ejemplo, ignora que "toda música implica tecnología" (Maceda, 1982). Pero también existen peligros por exceso cuando la tecnología abarca coordenadas que no son de su dominio y se transforma en "amplificación consciente de las capacidades humanas" (Frankelfeld, 1992) donde tienen cupo la docencia, la investigación y la casi totalidad de las actividades del hombre.

Las organizaciones corporativas aplican tecnología mediante códigos que originan nuevos productos. En ocasiones la tecnología se convierte en la parte operativa de una función de producción. La tecnología está presente en los procedimientos operacionales de los ordenadores y en la ingeniería genética. Por ausencia de una definición satisfactoria de tecnología y por imprecisión de sus límites, se argumenta que la "naturaleza y la capacidad de la tecnología permanecen esencialmente indeterminadas" (Woolgar y Grint, 1991). Algunos hablan de técnica sin mencionar tecnología como si fuesen equivalentes. Nada oscuro si la analogía es entendida. Sin embargo, más frecuente, técnica responde a criterios de destreza, habilidad u oficio artesanal (Webster`s (1983).

Vínculos y consecuencias entre tecnología y ciencia se conocen desde el apogeo de los astrónomos de Sumeria. La predicción del ciclo de lluvias y su aplicación a la agricultura, tienen su asiento en las observaciones del movimiento de los cuerpos celestes (Buchanam, 1976). En el comienzo los nexos entre tecnología y ciencia eran ocasionales y puntuales. Sin embargo, la preocupación por enlazar ciencia y tecnología es antigua. La muestra está en la recomendación de los ingenieros del imperio romano para mejorar la preparación de los futuros especialistas mediante una formación científica (Forbes y Dijksterhuis, 1963).

Por siglos tecnología y ciencia permanecieron en compartimentos separados. Probablemente el punto inicial de esta separación sea responsabilidad de los filósofos griegos para quienes sólo el estudio de la flotación, de las palancas, del tornillo sin fin y similares respondían a principios puros y respetables. Poco que ver con aquellos oficios que no eran tareas de almas superiores. Los filósofos griegos desdeñaron el rol de los oficios técnicos quizás para no reconocerle jerarquía de actividad intelectual. "Su naturalismo les taponaba la mente y les entumecía los brazos" (García Bacca, 1987). Pero la tecnología continuó indetenible. Para el inicio de la era cristiana, el hombre manipulaba la lámpara de aceite, la balanza, los tintes y el soplado de vidrio. Además tenía conocimientos sobre la fabricación de papel, cerveza, vino y acero, controlaba la medición del tiempo y empleaba el fuego en la fabricación de sus armas (Asimov, 1990), todo esto conquistado con metodología y disciplina. La tecnología mantiene un crecimiento excepcional aún en la Edad Media que no se distingue por su luminosidad científica. Crece con el reloj mecánico, el molino de viento, la pólvora, la fundición de hierro y la poderosa imprenta que anuncia el Renacimiento. Vemos a la imprenta como medio para la difusión del conocimiento. Aprendamos a pensarla como invento y técnica que incorpora aleaciones y metalurgia.

Armonizar los intereses de la tecnología y la ciencia era preocupación en la Casa de, Salomon (Bacon, 1980). Desde entonces tecnología y ciencia convergen hada una colaboración progresiva y a un reconocimiento mutuo de la valía de cada una. Pero faltaba un discurso de la filosofía de la tecnología.

La tecnología se fortaleció durante la revolución industrial por el respaldo de la física a la puesta en marcha de la máquina de vapor. Posteriormente en el siglo XIX, se logró la fusión tecnología-ciencia mediante la bombilla eléctrica, el teléfono, el telégrafo y otros inventos. Desde entonces es imposible mirar a la tecnología separada de la ciencia. Ambas están ligadas como la vida al oxígeno.

Las puertas de una "era tecnológica" se abrieron en algún instante del siglo XX. Queda por determinar si ese momento corresponde a la aparición de la fisión nuclear, de los ordenadores, de los rayos laser, de las naves espaciales, de los transistores, de los micromotores u otros asombros técnicos de hoy. Lo cierto es que ninguna sociedad que esté al margen de la tecnología pertenece a nuestro tiempo.

La tecnología entró en nuestras Idas y es factor modificador de nuestra conducta. Llegó al hogar sin tocar la puerta o pedir permiso. Se ha instalado para que dejemos de verla como una intrusa. Simplemente se convirtió en ingrediente imprescindible de nuestra existencia. Es fácil decirlo y difícil aceptarlo. Sus consecuencias sociales son vastas e inabordables por monocausas y esquemas unidimensionales. La tecnología genera cambios que competen al político, al educador, al artista, al industrial, al periodista y al ciudadano común. Todos deben estar informados de sus bondades y defectos, ventajas y riesgos. La alternativa no es remplazar naturaleza por tecnología y esto obliga a controlar las tecnologías que causan malestar social.

Una propuesta renovadora (Frankelfeld, 1992) señala la conveniencia de una ciudadanía tecnológica y una constitución para la sociedad tecnológica que establezca derechos y deberes amparados por la ley, una constitución donde el ciudadano sea asistido legalmente cuando se sienta atropellado por la acción tecnológica; una legislación para garantizar la libertad de innovar, pero sin perjudicar. Llega tarde esta propuesta ¿o todavía hay tiempo para su discusión? La tecnología, en su expansión, no pretende convertirse en religión y en el fondo quiere desligarse de toda connotación tecnocrática. La base del delito tecnológico se encuentra en su explotación ir.-acional. Podemos decir, en el lenguaje de la gente del derecho, que toda tecnología es inocente hasta que se demuestre lo contrario. La moral de la tecnología es la misma de sus usuarios.

La imagen de la tecnología como hija de la ciencia no reconoce los valores y méritos de la primera. Detrás del concepto enunciado se propone una total dependencia de la tecnología en relación a la ciencia. Da por descontado que el desarrollo de la ciencia conduce de manera inequívoca al fomento de la tecnología, un criterio no avalado por los países del Tercer Mundo. Supone que toda tecnología es producto del laboratorio de investigación. Niega la existencia de un ethos de la tecnología, vale decir la necesidad sentida o inducida del producto tecnológico, la creatividad inherente de la tecnología, la presencia de personas que viven el hecho tecnológico, la indispensable aparición del capital de riesgo y el azar tantas veces presente en el escenario tecnológico.

Podemos decir, en el lenguaje de la gente del derecho, que toda tecnología es inocente hasta que se demuestro lo contrario. La moral de la tecnología es la misma de sus usuarios.

El componente tecnológico está presente en el cemento Portland, en la fotografía, en el caucho vulcanizado, en el ascensor, en el refrigerador, en el motor de combustión interna, en la dinamita, en el fonógrafo, en el motor diesel, en el avión y en otros. Sin olvidar la colaboración de la ciencia en estos desarrollos, el punto importante es que el componente tecnológico domina en los mismos. Un poco más allá debemos examinar con cuidado aquello de tecnología sin producción no es tecnología. En realidad el caso puede llevarse hasta los tecnólogos de papel y lápiz. Al estilo de Roger Bacon quien se anticipó al uso de los anteojos, de los barcos motorizados y máquina voladoras; Leonardo da Vinci cuyos diseños tecnológicos e inventiva se adelantaron varios siglos a su época y H. G. Wells por su predicción de las naves espaciales para el viaje a la luna.

La retroalimentación opera en las relaciones tecnología-ciencia. Equipos provenientes del progreso tecnológico ayudaron a la ciencia a medir peso, tiempo, distancias y extensiones de agua y tierra. Las lunas de Júpiter descubiertas por Galileo le deben mucho al uso y construcción de los telescopios. La utilización de la balanza, por parte de Lavoisier, apuntala las bases de la química. Se pueden mencionar otros ejemplos donde la sinergia tecnología-ciencia está presente. Todo esto no intenta desconocer la participación del hombre de ciencia como creador de tecnología. Tampoco ignora el papel relevante que desempeña el científico de hoy en la tecnología del futuro. La retroalimentación de la tecnología y el arte ha sido expresada con elocuencia y propiedad por Pierre Boulez cuando señaló que "la tecnología prolonga el pensamiento musical" (Rubio, 1993).

Los tecnólogos carecen del espíritu altruista de Benjamín Franklin cuyo pararrayos fue "el primer invento práctico resultado de una investigación desinteresada conducida hacia la satisfacción de la curiosidad y el avance del conocimiento puro (Taton, l964)". Cuando su Señoría de Florencia Cosimo de Medici, un soberano por poder, dinero y lazos con la iglesia, concedió a Filippo Brunelleschi un derecho real para proteger la inventiva de sus grúas y poleas, pensaba en un trueque donde las partes quedaban satisfechas. El inventor aceptaba el monopolio otorgado y se comprometía a terminar el domo de la Catedral de Florencia (Aisenberg, 1981), A partir de ese instante propiedad intelectual y tecnología son un dolor de cabeza para el inventor, el banquero y la fábrica, malestar que se propaga a los estados y a la firma de los convenios internacionales (Correa, 1990). La tecnología es una isla rodeada de intereses, discretamente protegida por patentes y otras ordenanzas de la propiedad intelectual.

"La patente de invención otorga, por parte del estado, derechos específicos a una persona o una corporación. Estos derechos excluyen a otros de utilizar, vender o fabricar el producto de la invención por un lapso de aproximadamente quince años. La razón que se aduce para conceder el privilegio de una patente es que estimula la creatividad inventiva. Una vez otorgada la patente, ésta pasa a ser conocimiento público y deja de ser un secreto del inventor" (Rodulfo y Gil, 1993). El drama de la tecnología puede ser mucho más rudo. Preguntemos a Gutenberg cuyo invento de la imprenta fue a parar a los bolsillos de Johann Fust y Peter Schaffer, primeros expertos en el tráfico ilegal de tecnología. Pensemos en la decisión de la reina Isabel I que negó a Williani Lee el otorgamiento de una patente por su máquina de hilar. La razón política esgrimida fue que tal invento dejaría sin trabajo a los hilanderos del reino. Con mayor violencia Nedd Ludd ¿mito o realidad? en plena revolución industrial, provocó la destrucción de molinos y maquinarias que quitaban puestos de trabajo a las clases populares. A partir de entonces los luddistas, enmascarados y nocturnos, escogieron sus propios métodos de destrucción y formularon su literatura antitecnología.

La alternativa no es reemplazar naturaleza por tecnología y esto obliga a controlar las tecnologías que causan malestar social.

No puede causar extrañeza la variedad y abundante legislación sobre propiedad intelectual (Solleiro y Flores, 1989). Desde muy temprano los ingleses decidieron conservar las ventajas de la revolución industrial. Ya en 1790, se dictó una medida conocida corno "telón de acero" donde se prohibía la salida de los planos de maquinarias y de los tecnólogos. Esta es una tendencia que se mantiene en varios campos de la tecnología aunque su apariencia sea menos drástica. La tecnología, vista como negocio, tiene su campo jurídico. Recordemos la querella tribunalicia entre Graham Bell y Elisha Gray por los derechos de la patente del teléfono. Un caso reciente ocurrió a Jaron Lanier, cerebro del sistema Vírtual Reality, quien perdió sus patentes y otros derechos de autoría intelectual avasallado por los grandes capitales internacionales (Hamilton, 1993).

Una total autonomía no luce posible en la inmensidad de la tecnología. Solamente alguien con ambiciones de prestidigitador puede crear la ilusión óptica de un sistema autosuficiencia en la vastedad de posibilidades de la tecnología. La independencia total en la tecnología es un proyecto reñido con la práctica. Todo lo que se puede aspirar es concretar una capacidad de creación en áreas delimitadas. Ser usuario sin dejar de ser creador es la meta de una sociedad tecnológica. En términos económicos es propender a la capacidad simultánea de importar y exportar tecnología.

Hasta ahora la hegemonía del conocimiento y aplicación de la tecnología la ejerce una élite de naciones integrantes del mundo desarrollado. Estas naciones exportan productos de un alto valor agregado y sus ciudadanos disfrutan de una mayor calidad de vida medible en ingresos, educación y salud. Esto no se consigue de un momento a otro. Sin embargo la planificación vista como ordenamiento y la estrategia como oportunidad son la sustancia del largo plazo. En la creación de tecnología autónoma se requiere paciencia y templanza para salvar las dificultades.

Corresponde a Edison cambiar las relaciones entre el inventor y la industria. En Menlo Park se levanta el escenario de una corporación de múltiples recursos donde se integran gerentes de mercadeo, ingenieros y administradores, todos los ingredientes de una corporación tecnológica del siglo xx: que en el vocabulario de los economistas se conoce como tecnoestructura. Para estas gigantescas corporaciones, los intereses del inventor pasan a un plano secundario. Aquí el inventor bordea en la anónima. Para la tecnoestructura, la mejor tecnología es la que se crea, se produce y es anónima. Buena parte de la tecnología de hoy no tiene autor y en eso difiere considerablemente de la ciencia donde toda colaboración es registrada cuidadosamente. Frente a todas las amenazas que acechan al inventor éste tiene el compromiso ético de buscar los medios para su defensa.

Las patentes están entre los instrumentos de mayor confiabilidad para medir el potencial tecnológico de una nación. Una idea de la producción de tecnología del Japón se alcanza mediante el número de patentes registradas. Así del total de patentes otorgadas por los Estados Unidos de América en 1979, un 9% pertenece a los japoneses. Para 1985 esta cifra se incrementó hasta un 18%, prueba contundente de la trascendencia de la tecnología entre los japoneses. La innovación alimenta el modelo japonés y ésta es la razón por la cual los economistas y los sociólogos examinan la tecnología de ese país. Nadie quiere quedarse rezagado en la carrera tecnológica. Por eso Herbert Curien, Ministro de investigación y tecnología de Francia en 1985, abrió el programa Eureka. En Eureka se unen las empresas industriales de países europeos para impulsar nuevas tecnologías aptas para conquistar el mercado de la Comunidad Europea. Allí se integran 1.500 empresas e institutos de investigación con un presupuesto de once mil millones de dólares que atienden 386 proyectos, (Curien, 1990). Eso es colaboración amparada en un mano de decisión política.

Los Estado Unidos de América buscan alternativas para rejuvener su aparato tecnológico. Grandes industrias se unen a prestigiosas universidades- y gobiernos locales para fundar las llamadas "Hot Spots" abanderadas de la tecnologías del futuro (Kelly y Otros, 1992). La banca aporta capitales a estas industrias de alta especialización. El gobierno en Washington también tiene proyectos. La propuesta Clinton Gore es incorporarse a los corredores de tecnología a través de las "autopistas de información". Inclusive los llamados Tigres, del Asia, artífices de la tecnología de mano de obra barata, van camino de la competencia con nuevos productos plenos de imaginación y experticia (Engardio y Gross, 1992).

La tecnología no es estática y naturalmente envejecer. Algunas tecnologías envejecen más rápido que otras, un factor que debe ser considerado a la hora de negociar tecnologías. Aunque parezca extraño existen ocasiones donde las patentes se compran para asegurar el envejecimiento y muerte de una dada tecnología. En cierta forma se propicia el secuestro de alguna tecnología para evitar su entrada a la línea de producción. Existen oras opciones para que las patentes no entren al mercado. Lo importante es que en el universo de las patentes no hay cupo para los observadores. El desideratum es entrar a participar. De otra manera se corre el riesgo de quedar fuera de juego.

Entre todas las tecnologías, la militar es la de máximo secreto. Esta es una constante histórica que tiene validez hasta ahora (Roland, 1992). La tecnología militar es empleada como medio de fuerza e intimidación, característica que se origina en el perfeccionamiento de las armas, la manipulación de materiales explosivos, la industria nuclear y aún en la fabricación de ciertos equipos pesados. Buena parte de la tecnología militar se vincula a poder y destrucción. Con frecuencia el debate sobre la materia adquiere un tono de violencia desproporcionado. El ejercicio de la autoridad mediante la autoridad militar suscita franca y abierta oposición, resistencia social cuya magnitud permitiría clasificar a las tecnologías en duras y blandas. Tanta es la preocupación por estas tecnologías no reglamentadas que, para frenar sus abusos, se sugiere la creación de un tribunal para poner coto a sus excesos (Shrader-Frachette, 1983). Por cierto que buena falta hace un tribunal para obligar a las industrias a reciclar los materiales que contaminan así como otros desechos colaterales. Aprender a reciclar es parte inherente de la tecnología actual. Solamente el reciclaje responsable puede ayudarnos a detener la tragedia que se avecina.

Al prevalecer el temor de ser agredida, la sociedad se arroga el derecho de colocar a la tecnología en el banquillo de los acusados. Los cargos imputables a la tecnología la colocan fuera de control. Aparentemente las costumbres sociales y la política comienzan a prevalecer sobre la búsqueda de la verdad y el bien común. ¿Dónde está la verdad sobre la tecnología militar? Cuando se examina el derrumbe del aparato militar montado por el Sha de Irán así corno el desmembramiento de la Unión Soviética, hay razones para creer en otras motivaciones de la violencia. En los casos señalados el uso de las armas tuvo un papel secundario. Nos parece que el carácter intimidatorio de algunas tecnologías amerita nuevos aportes a la luz de una discusión serena, diáfana y sobre todo constructiva.

Abrir la tecnología a su misión social es contrario a la idea de concentrar su responsabilidad en el selecto grupo de personas que orientan su talento a la investigación y a la creación. La incorporación de todos aquellos que se sienten afectados y agredidos por la tecnología de nuestro tiempo, obliga a bajar la barrera de la discusión. Esta es una aspiración a la cual es necesario prestar atención. La encomienda es alfabetizar al público en relación a los usos de la tecnología.

La tecnología gana reconocimiento en las instituciones académicas de distintas naciones. Mucho se debe a las preocupaciones generadas por la tecnologización de las sociedades desarrolladas. El estudio organizado de la tecnología posee sus propias revistas tal como se aprecia en "Technology and Culture" y "Science, Tecnology and Human Values". Equipos de investigación en universidades e instituciones de educación superior propulsan los estudios históricos y sociales de la tecnología. Además se conceden premios y estímulos a la inventiva tecnológica en proporción directa a la creatividad y a su impacto social. Pero desde que la tecnología perdió su aureola de santidad, en la época del Renacimiento, las quejas siguen levantando roncha. Una denuncia reciente señala (Kling, 1992) "sospecho que una fracción importante de científicos y tecnólogos, tanto en la academia como en la industria, son reacios y en ocasiones intensamente hostiles, a los estudios sociales de la tecnología, en particular cuando se cuestiona la ecuación lineal de avance tecnológico y progreso social".

Imbuido del espíritu contestatario de la sociedad americana de los años sesenta, cristalizó un movimiento antitecnología cuyas raíces se ubicaron en la protección del consumidor. Eventualmente ocurrió una reagrupación de objetivos y se formó la avanzada de "Science, Technology and Society". Sus adherentes concentraron los esfuerzos en la tarea docente y sus inquietudes van orientadas a entender el compromiso ético de la ciencia y la tecnología tanto en lo social corno en lo político. Al inicio la actividad se centró en el dictado de cursos de tipo introductorio para familiarizar a los estudiantes de humanidades con el lenguaje y orientaciones de la tecnología de ahora. Cursos similares proliferaron en varias universidades americanas. Estos cursos de Ciencia, Tecnología y Sociedad (C.T.S.) añaden contenidos de ingeniería a las disciplinas científicas tradicionales y "sitúan a la ciencia y a la tecnología en su contexto social y político" (Sutcliffe, 1990). El crecimiento de C.T.S. resultó inimaginable. Ahora la Universidad de Harvard, el "Massachusetts Institute of Technology" y el "Rennselaer Polytechnic Institute" ejecutan programas de postgrados en Gerencia, Sociología y Política de la Tecnología. En enero de este año se realizó, en Jerusalén, Israel, el Congreso Internacional de "Education in Science and Technology". Parte de ese congreso se concentró en el análisis de los aciertos y errores de los programas de C. T. S. Entre los logros ya tiene el respaldo de la UNESCO y otros organismos internacionales y un creciente número de seguidores en los cinco continentes (Yager, 1992). Los líderes de C.T.S. admiten que la dificultad está en alcanzar su presencia en el aula de clases. Los horizontes de C. T. S. lucen impredecibles y lo menos que podemos hacer es un seguimiento a sus actividades.

Aún con todos sus avances la tecnología estaba ausente de la filosofía. Kant, tan interesado en la ciencia pura, no dedicó discurso alguno, la tecnología y probablemente la consideraba de escaso valor intelectual. Andrew Ure (Mitcham, 1989) escarbó en las relaciones entre máquinas automáticas, problemas sociales y el marco político de la práctica tecnológica. Entonces la tecnología comenzó a interesar a los filósofos. Esto es, ver a la tecnología como problema de la creatividad y la inteligencia. No es el propósito de esta nota conducirnos por el hilo histórico de las discusiones de la filosofía de la tecnología.

Aunque parezca extraño existen ocasiones donde las patentes se compran para asegurar el envejecimiento y muerte de una dada tecnología.

Nuestro polifacético y original hombre de pensamiento (García Bacca, 1987) comenta "la técnica, en cuanto actual, es técnica de innovaciones", una manera de decir que la tecnología no es igual a mejorar y renovar productos. Emparenta este comentario de García Bacca con lo expresado por F. Dessaeur cuando apunta: "La esencia de la tecnología es el acto de la creación técnica (Mitcham, 1989). En palabras llenas de emoción P. K. Engelmeier (Mitcham, 1989) dijo la tecnología es la primavera del desarrollo humano". Esto es, la voluntad de progreso del hombre se nutre y deleita en cada acierto tecnológico. En los inicios del cruce filosofía-tecnología, E. Kapp (Mitcham, 1989) se interesó en las analogías entre el hombre y la máquina y su observación lo llevó a postular que "en los instrumentos, lo humano se reproduce a sí mismo", postulado que pierde valor en la tecnología de frontera.

La tecnología toma cuerpo y ahora es parte de la unicidad de la creatividad. Por eso los tópicos de la tecnología se amplían. El esqueleto de la filosofía de la tecnología lo conforman temas como tecnología y libertad, tecnología y educación, tecnología y lengua así como tecnología y sociología. Estos temas se tratan en las universidades de Alemania, Francia, Holanda y los Estados Unidos de América. Su inclusión en las universidades latinoamericanas no se ha concretado. Pensamos que mientras más tarde sea su arribo mayor será nuestra marginalidad tecnológica.

Que no todos los filósofos comulgan en el optimismo por la tecnología lo veremos a continuación. P. Munford (Mitcham 1989) aboga por limitar la expansión de la tecnología. Para nadie es un secreto que detener el crecimiento de la tecnología envuelve un freno al crecimiento poblacional. En otro plano Ortega y Gasset (Mitcham, 1989) estima que el perfeccionamiento de la tecnología conduce a una disminución de la facultad imaginativa. Una inquietud parecida estuvo en el pensamiento de Aldous Huxley. Somos más parecidos en la medida que la tecnología nos acerca. Se presume que para Heidegger (Mitcham, 1989) lo fundamental es cuestionar a la tecnología "como una especie de dogmatismo que no reconoce sus propias limitaciones, no se conoce a sí mismo". Uno de los filósofos de la tecnología con mayor renombre es Jacques Ellul (Mitcham, 1989) cuya preocupación es la ética de la tecnología. Ellul propone detener el crecimiento de la tecnología para evitar sus transgresiones. El debate continúa abierto y tiende al fortalecimiento de un pensamiento donde la tecnología es indiscutiblemente muestra de la inteligencia del hombre.

¿Dónde se ubica el estado actual de la tecnología en Venezuela? Tal pregunta es demasiado ambiciosa para ser respondida en pocas líneas. Comencemos diciendo que los treinta y cinco años de democracia demostraron las capacidades para hacer ciencia en un país en vías de desarrollo. Datos recientes señalan una producción promedio de 460 artículos por año en el período que abarca desde 1980 a 1990 en publicaciones registradas por el "Science Citation Index". Además, los investigadores venezolanos participan con cierta regularidad en congresos de prestigio internacional. Toda esta valiosa labor comienza a ganar reconocimiento. Desde hace algunos años se otorgan los premios nacionales de ciencia y los premios de la Fundación Polar como estímulo a la dedicación de la creación científica. El Sistema de Promoción al Investigador es la premiación justa al esfuerzo de los científicos que entregan su talento y su energía al trabajo de laboratorio. En síntesis, la nación aplaude la fuerza y perseverancia de sus investigadores.

El panorama en el campo de la tecnología no resulta prometedor. Quedarnos estáticos en la condición de usuarios de tecnología foránea no ayuda a sacarnos adelante en el empeño de tejer las bases de un proyecto tecnológico.

Falta trabajo y un tanto de osadía para levantar industrias libres de ataduras extranjeras.

La urgencia de fortalecer la tecnología es un compromiso ineludible del estado, de los empresarios y naturalmente de los investigadores. Para comenzar se requiere un presupuesto para la tecnología equivalente al asignado a la investigación científica de vocación académica. Sin ánimo de establecer paralelos, recordemos lo que pasa en otras naciones. Un organismo de indeclinable apoyo a la investigación básica como el "National Science Foundation" (N.S.F.) entregó a una comisión de altas calificaciones los recaudos para crear conexiones crecientes entre investigación y tecnología. En concreto, el N.S.F. trata de darle bases sólidas a su decisión de colocar mayores recursos a la investigación aplicada. Algo similar se tiene en mente para el "National Institute of Health" cuyo presupuesto de nueve mil millones de dólares deberá atender a las necesidades de investigación tecnológica del sector salud (Beardsley, 1992).

Pero la tecnología de hoy necesita de personal especializado. Alberto Lutowski probablemente fue el primer inventor que vivió en Venezuela. Lutowski registró en la oficina de patentes de París "los inventos del monorriel, de la correa sin fin y el motor de aire caliente " (Zawisza, 1988). Preparemos un millar de Lutowski para deslumbrarnos en la bondad de sus inventos. Si los inventores faltan entonces debemos prepararlos con toda celeridad. Aceptamos este reto a la imaginación. En cuanto a tecnología corresponde, la demanda es la misma "o inventamos o erramos". Para atender a las variantes de la tecnología actual hay que formar unas cuantas decenas de Gerentes de Tecnología que entiendan de costos, mercados y oportunidades (Leontief, 1985), gerentes con inteligencia, capaces de transformar la innovación tecnológica en productos competitivos para vender aquí y afuera, gerentes que conozcan el complicado universo de la propiedad intelectual y sean competentes para evaluar los aspectos científicos y tecnológicos de una empresa; gerentes para administrar el capital de riesgo envuelto en toda tecnología y estén conscientes que la tecnología, vista como negocio, no garantiza una seguridad total a la inversión. Falta trabajo y un tanto de osadía para levantar industrias libres de ataduras extranjeras. Copiar modelos de otros países con tecnología de vanguardia cumple una función pero también es cierto que crea espejismos. Inventar en algunas tecnologías de frontera es obligación de la sociedad tecnológica.

No todo es negro en ese túnel de nuestra dependencia tecnológica. Tanto el INTEVEP como el IVIC generan señales y destellos de creatividad tecnológica. El programa Eureka, iniciativa del sector privado, es decisión acertada. Se observa un panorama promisor en el campo de la informática y la micro-electrónica (Cañas, Esqueda y Martínez, 1988). El CONICIT aúpa los Parques Tecnológicos y el Proyecto Simón Bolívar. Sin embargo es temprano para emitir juicio sobre estas propuestas. Solamente un estallido de soberbia pudiera negar la falta de una política dirigida a favor de la tecnología. Soñemos para que la tecnología sea una realidad entre nosotros.

 

REFERENCIAS

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