Copyright © 1994 Depósito legal pp.76-0010 ISSN 0378-1844. INTERCIENCIA 19(2): 86-93

ENSAYOS
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EL EJERCICIO DE LA EPISTEMOLOGIA

Fabio Maldonado Veloza*

* Profesor e investigador en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales y en el Centro de Estudios Políticos Y Sociales de América Latina (CEPSAL-Postgrado en Ciencia Política), Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Dirección postal: Apartado de Correos 711, Mérida 5101-A, Venezuela. Teléfonos: (58) 74-401012, 401015 y 526492. Fax: (58-74) 527959. Versión parcial y resumida de un capítulo del libro Educación, Poder y Futuro (Morles, 1988).

PALABRAS CLAVE / Filosofía de la Ciencia /


Sería extraño si, precisamente, porque un hombre [alemán] haya aprendido el griego, se vuelva filósofo en griego no siéndolo en alemán. (Marx)

Carlos Marx

Los problemas científicos y los ejemplos que se estudian y usan en la epistemología, tal como es ejercida hoy en día, tienen un altísimo componente tomado de las ciencias naturales. Los casos de las ciencias naturales que se encuentran en las famosas obras no son simplemente ejemplos, también han sido una fuente notable de donde se han nutrido importantes proposiciones epistemológicas. Algunas de las grandes obras que ya se han convertido en clásicos de la epistemología o que la atacan -por ejemplo, Bunge (1985), Kuhn (1971) y (1982), Lakatos (1983) y (1982) Suppes (1988) y Feyerabend (1974)- y que son de obligatoria lectura para todo aquel que quiera formarse epistemológicamente, no están desbordadas, indudablemente, de discusiones acerca de los problemas de las ciencias sociales. Están repletas, por el contrario, de ilustraciones tomadas de las ciencias naturales. Obviamente, esto no significa que sean impenetrables Pero para quienes proceden de las ciencias sociales los esfuerzos por descifrar sus razonamientos son superiores a los que tiene que hacer un científico que proviene de las ciencias naturales. A la comodidad de la lectura de t ales obras por parte de los investigadores de las ciencias naturales se opone la angustia de los investigadores de las ciencias sociales que quieren actualizarse o participar en dichas discusiones.

Cuando Popper (1983, p. 103) dice que "el problema de explicar ciertas líneas espectroscópicas (mediante una hipótesis concerniente a la estructura de los átomos) puede resultar soluble por cálculos puramente matemáticos" es obvio que un científico social no comprenda en absoluto qué significa esa jeringosa. Y con más razón si nunca ha visto un espectroscopio, ni sabe para qué sirve y, muchos menos, si no sabe nada acerca de la absorción de la luz por los átomos. Pero Popper se ha servido de tal ejemplo para ilustrar que el problema de ciertas líneas espectroscópicas -que es un problema que pertenece a la física- puede ser resulto por las matemáticas. Pero eso no significa que tal problema deje de pertenecer a la física y se convierta en un problema matemático. Aquí es obvio que Popper está usufructuando semejante ejemplo para ilustrar que en realidadno existen problemas filosóficos "puros". En este sentido, un científico social que se acerca a un libro de epistemología clásico tiene, obviamente, dificultades para entender ciertos problemas de la física expuestos como ejemplos de problemas o concepciones epistemológicas. Poro tampoco significa que la argumentación propiamente epistemológica no sea capaz de ser comprendida. En el caso que se acaba de mencionar, no importa el ejemplo de la física. Para un científico social lo que importa es que se le insiste en que los problemas científicos no son "puros". Hay problemas que involucran varias disciplinas. De aquí se deduce la razón por la cual Popper encuentra que los objetos o temas de estudio no constituyen una base para la clasificación de las ciencias (1983). Al contrario, considera que los que existen son problemas científicos.

La epistemología, considerada así, casi podría proclamarse como propia de los científicos de las ciencias naturales. A propósito de un comentario sobre lo que acontece con la sociología alemana, Lenk (1988) sostiene que "el epistemólogo -formado, por lo general, en los problemas metodológicos de las ciencias naturales exactas- en la mayoría de los casos no es especialista en los métodos de investigación genuinos de las ciencias sociales y en los problemas de su aplicación" (p. 167). Por supuesto que se pueden encontrar obras epistemológicas escritas por investigadores que provienen de las ciencias sociales. Pero aun así, y en el mejor de los casos, tales obras tienen un alto componente de razonamientos transferidos desde las obras clásicas de la epistemología y aplicados en ellas. Sería necio negar la existencia de problemas epistemológicos que han sido descubiertos en el contexto de la discusión de problemas de las ciencias naturales y que pueden, perfectamente, guiar la discusión epistemológica de los Problemas de las ciencias sociales. Pero es indudable que, dado que muchos de los problemas y proposiciones epistemológicos han nacido con un alto componente de problemas de las ciencias naturales, dichas metaproposiciones no representan todo el espectro de los problemas que se originan en las ciencias sociales.

Así como hay problemas comunes entre las ciencias naturales y las ciencias sociales, también hay problemas que sólo son propios de estas últimas: problemas concernientes a la discusión de si pueden establecerse leyes universales o no; o problemas acerca del status mismo de las ciencias sociales; o de las relaciones entre la acción social y la estructura social; o el reconocimiento de la inexistencia de observaciones teóricas neutrales; o la caracterización de los conceptos sociales cuyos referentes son históricos y, por lo tanto, siempre están chocando con semejantes conceptos; o por el contrario, si deberían construirse teorías de la vida social desde una perspectiva ontológica sin necesidad de disputas epistemológicas. Tal vez por ello, ante la pregunta de si la metodología económica, por ejemplo, se podría convertir en un fructífero campo de estudio, se ha respondido afirmativamente, pero se ha llegado a la posición extremista de negar el papel regulador de las discusiones epistemológicas de tipo general, es decir, se ha llegado a proponer que la metodología económica "sólo será posible cuando las particulares características de la economía estén completamente reconocidas y no influenciadas por prescripciones metodológicas externas a dicha disciplina" (Salanti, 1987, p. 385).

Pero la epistemología no se agota única y exclusivamente en el examen de los problemas y de la investigación de las ciencias naturales. Considerada parcialmente así, las únicas personas autorizadas para hablar de epistemología serían los científicos de las ciencias naturales. La epistemología sería un vanidoso y pedante cuerpo de reflexiones acerca de la naturaleza, cuyos únicos voceros serían los investigadores de las ciencias naturales. No habría campo para una epistemología sobre el hombre y la sociedad. Tampoco existiría la gran cantidad de literatura epistemológica que se produce hoy en día acerca de las ciencias sociales. Indudablemente, la economía, la lingüística, la sociología, y la historia, por ejemplo, han visto crecer gradualmente sus propias epistemologías.

El ejercicio crítico de la epistemología

En los últimos años se ha hecho evidente que -contiguamente a la enseñanza de la ciencia- cada vez ha devenido más necesaria la enseñanza de la epistemología. Esto se debe a que los manuales y los textos universitarios, portadores de vasta información científica, tienen la tendencia a presentar sus proposiciones de una manera no crítica. "La formación científica -atomizada de acuerdo con técnicas distintas y separadas- ha degenerado en entrenamiento científico. No hay que sorprenderse de que ello desanime a las mentes críticas". (Lakatos, 1981, p. 338). Es por ello que "el conocimiento aparece en forma de sistemas infalibles que penden de esquemas conceptuales no sujetos a discusión" (ibídem). En este sentido, el acometimiento de la epistemología al lado de la formación científica se justifica plenamente dado que ésta favorece críticas mucho más ricas y profundas. Es evidente que la epistemología contribuye notoriamente a adoptar posiciones críticas frente a la gran masa de información que cada día se nos presenta. Esta es precisamente una de las razones por las cuales cada vez aumenta más el interés por la epistemología. Si la ciencia se enseña de una manera muy autoritaria, la epistemología es un buen soporte para evitar la actitud pasiva, complaciente y no crítica en el proceso de recepción de dicha información.

Pertrechado de teorías epistemológicas, el investigador puede descubrir supuestos falsos en una teoría. Puede revisar y evaluar los supuestos filosóficos en los que descansan los constructos. Puede indagar acerca de los soportes ontológicos y éticos de las proposiciones científicas. Quizá descubra que algunos constructos no corresponden en absoluto con la realidad como se creía previamente. O puede encontrar que ciertos conceptos de una ciencia empírica no tienen como contrapartida fáctica ningún correlato y, sin embargo, se siguen pregonando como verdades reveladas.

Un experto investigador también puede, obviamente, darse cuenta de este tipo de problemas. Pero la evaluación crítica y sistemática de las teorías científicas, como atributo de la epistemología, no solamente contribuye a identificarlos, también previene errores. No sólo contribuye a soslayarlos, también puede repararlos. No sólo recomienda cautela, también puede ayudar a librarse de ellos. En términos similares a los expresados por Raphael (1983) acerca de la filosofía política, la epistemología no es la respuesta final a los problemas pero sí forma el hábito de un pensamiento cauteloso. No existen resultados definitivos en la epistemología, pero sí auxilia y proporciona asistencia a la investigación científica. No disuade y sí favorece la investigación. Enseña a rechazar los autoritarismos académicos. Obstruye la labor del académico deslucido y se beneficia enormemente de los buenos profesores. A principiantes e inexpertos investigadores les cultiva y refuerza su percepción crítica en su proceso de entrenamiento científico. Y les facilita formidables argumentos para ejercer una critica racional.

En esta perspectiva acerca de la crítica, Popper, por ejemplo, ha usufructuado de manera útil la distinción entre crítica inmanente y crítica trascendente. Una teoría se ataca inmanentemente desde dentro y según sus propios supuestos y presuposiciones. Reconoce que hay quienes han sostenido que la crítica inmanente no es útil porque "como no puede hacer más que señalar las inconsistencias lógicas dentro de la teoría criticada, nunca tiene éxito contra una teoría consistente" (1985, p. 69). Pero ha respondido que tales exponentes están equivocados.

Antes de discutir el porqué de esta aseveración, es preciso aclarar que la crítica trascendente ataca, por el contrario, una teoría desde fuera, "Procediendo a partir de supuestos o presuposiciones que son ajenas a la teoría criticada". Popper ha aclarado que tenemos perfecto derecho a emplear la crítica trascendente. Podemos partir de una teoría rival y mostrar las deficiencias de otra.

Ahora bien, Popper aclaró por qué la crítica sí puede ser inmanente y por qué están equivocados quienes piensan que no es eficaz contra las teorías consistentes. La circunstancia de que la crítica pueda ser trascendente respecto a "su origen o guía o inspiración" no significa necesariamente que tenga que ser trascendente "en el sentido lógico del término". Por ejemplo, el marxismo, como teoría rival, puede atacar desde fuera, e inspirado en sus propios supuestos, al marginalismo. Esta sería una critica trascendente hacia el marginalismo desde los supuestos "externos" del marxismo. Ahora tómese otro ejemplo; critíquese el monetarismo desde fuera, desde el punto de vista marxiano, y critíquesele inmanentemente, desde dentro pero en referencia a sus propios problemas. Por ejemplo, si se le critica desde los supuestos propios de una teoría rival, será una crítica trascendente. Pero si se le critica, además, en relación con sus problemas, con los problemas que él intenta resolver, entonces la crítica trascendente puede convertirse en inmanente.

Por ejemplo, con facilidad se puede criticar inmanentemente la política monetarista del Banco Central de Venezuela, puesto que podría afirmarse que no resolvió satisfactoriamente los problemas para los cuales fue diseñada. Y por lo tanto, puede criticarse en relación a los problemas que intentó resolver. Efectivamente, entre marzo y agosto de 1981 el Banco Central de Venezuela acentuó consciente y explícitamente la salida de divisas de Venezuela. Para tal propósito, fijó las tasas de interés nacionales por debajo de las tasas de interés norteamericanas y del mercado del eurodólar. El banco mismo justificó esta diferencia con el argumento de que tal política tenía los mismos efectos que una política monetaria restrictiva al impedir la monetización de las divisas y controlar así la inflación (por supuesto, según las recetas monetaristas internacionales). Después de provocar conscientemente la salida de divisas, el banco cambió su política monetaria. A partir de agosto del mismo año, incrementó las tasas activas y pasivas nacionales pero esta vez para desestimular la salida de divisas. Esto es inconsistencia. Además, las divisas continuaron emigrando, pero esta vez por desconfianza en la economía nacional.

Según la receta monetarista de estos tiempos, con una disminución de los ingresos petroleros venezolanos y un menor ritmo de crecimiento del gasto fiscal interno, el camino era el de aumentar la oferta monetaria, es decir, emprender una política monetaria expansiva. Pero, según la misma receta monetarista, el banco también consideró y se dio cuenta de que no debería emprenderse tal política puesto que en esos momentos no había garantías de que tal expansión incrementara la base monetaria para financiar la actividad económica interna. ¿Por qué? Porque tal política no iría más que a contribuir a financiar la continua compra de divisas. Es decir, había una continua fuga de divisas. Si se aplicaba una política monetaria expansiva tales excedentes monetarios se dedicarían a comprar un mayor volumen de divisas. Y, aun así, conociendo de antemano semejantes consecuencias, en septiembre de 1992 el banco puso en marcha una política monetaria expansiva! Esto es inconsistencia.

Más tarde el banco reconoció tal error. Pero fue tarde. El 18 de febrero de 1983 hizo crisis irreversiblemente el sistema cambiario venezolano que había sido uno de los más sólidos del continente.

Como se observa con este ejemplo, para criticar el monetarismo no hay que hacerlo única y exclusivamente desde una perspectiva marxiana, desde el punto de vista de una crítica trascendental ajena a él. Por el contrario, se puede criticar inmanentemente, y, además, con relación a sus problemas. Es decir, se puede encontrar que en su acción esta política monetarista fue muy mal monetarista. Sea monetarista, pero sea buen monetarista. Esta debería ser la consigna de todo aquel que pretenda defender sus creencias. Sea consecuente con las recetas que predica. Si no las aplica, si el monetarista no es capaz de aplicar consecuentemente las recetas internacionales -que también pueden cuestionarse- entonces, ¿con cuál autoridad puede elevar a rango de aplicación universal sus propuestas? Si no se es consecuente con una creencia, jamás se tendrá autoridad para elevarla a rango de status científico. Apenas encuentra una anomalía, entonces modifica su comportamiento. No se comporta según una heurística positiva como la llamaría Lakatos. No importa de dónde provenga una idea científica. Solamente procedimientos posteriores la calificarán o la descalificarán, Lo que es inaceptable -científica y epistemológicamente- es lo que Reichenbach detectó brillantemente: la generalización o las pretensiones de universalidad prematuras.

Con este ejercicio se demuestra cómodamente que el monetarismo no es ninguna teoría científica. Se pone de manifiesto que no es universal. Por lo tanto, es más obvio tratarlo como una creencia más, según lo enseña la epistemología. E iguales consideraciones podrían hacerse con el neoliberalismo. Así, pues, no es necesario que la crítica sea trascendente en el sentido lógico. Puede ser trascendente en relación con una teoría rival, pero eso no significa que no pueda convertirse en crítica inmanente.

De hecho, ningún crítico que sea auto-crítico estará por lo general, satisfecho de su crítica a menos que pueda liberarse de todo vestigio de su origen trascendente: aunque quizá guiado por su propio sistema de pensamiento, transformará su crítica hasta que se convierta en inmanente, y con ello sea más eficaz contra su oponente. Porque la teoría bajo examen no es simplemente un sistema de supuestos, dogmas, conjeturas y demás; es también un intento de resolver un problema. Por tanto, puede ser criticada inmanentemente, por no resolver sus problemas, por ejemplo, o por no conseguirlo mejor que sus rivales, o por cambiar simplemente el problema a resolver, etc. De este modo, la crítica inmanente puede señalar serias deficiencias incluso en una teoría consistente. (Popper, 1985, p. 70.

El perfil de los epistemólogos

Con el surgimiento del Círculo de Viena a principios de la década de 1920 a 1930, se puede afirmar que la epistemología se profesionalizó (Bunge, 1980). El Círculo de Viena se originó alrededor del físico y filósofo empirista alemán Moritz Schlick (1882-1936), y específicamente a partir de 1922, año en el cual Schlick se convirtió en profesor en Viena. Alrededor suyo, se reunieron los filósofos Rudolf Carnap (1891- 1970), Otto Neurath (1882-1959), Herbert Fiegl, Friedrich Waisman (1896-1959), Edgar Zilsel, Víctor Kraft y los matemáticos y científicos Philip Frank (1884-1966), Kurt Gödel (1906-1978) y Hans Hahn. De "simples" reuniones, pasaron a organizar su primer congreso internacional en Praga en 1929. En ese mismo año, Carnap, Neurath y Hahn publicaron el manifiesto "El punto de vista científico del Círculo de Viena". Allí listaron los nombres de quienes podían considerarse como sus precursores e igualmente seleccionaron a Einstein (1880-1952), Bertrand Russell (1872-1970) y Ludwig Wittgenstein (1889-1951) por sus coincidencias o influencias con respecto a su grupo. También se aliaron con la Escuela de Berlín: Hans Reichenbach (1891-1953), Richard von Mises, Kurt Grelling y Karl Hempel, y entraron en contacto con importantes filósofos escandinavos, holandeses, norteamericanos, británicos y polacos.

Entre 1930 y 1940 continuó la organización de otros congresos en Königsberg, Copenhague, Praga, París y Cambridge. En 1930 el grupo fundó la revista Erkenntnis, dirigida por Carnap y Reichenbach. A fines de la década de 1930 a 1940 el grupo estaba en disolución. Su filosofía ha sido calificada indistintamente como positivismo lógico, empirismo lógico, empirismo científico, neopositivismo y movimiento de la ciencia Unificada, Este último calificativo se debió al propósito del Círculo de Viena. Otto Neurath ilustró de la siguiente manera tal fin.

El Círculo de Viena se consagra cada vez más a la tarea de formular a la Ciencia Unificada (que abarca tanto la sociología como la química, la biología como la mecánica, la psicología -llamada mas propiamente conductismo [sic]- como la óptica) en un lenguaje unificado, y a establecer las interconexiones de las diferentes ciencias, que con tanta frecuencia se discutían, de suerte que puedan relacionarse sin dificultad los términos de una ciencia con los de otra. La palabra "hombre" que va ligada a "hacer enunciados" debe ser definida exactamente del mismo modo que la palabra "hombre" que aparece en proposiciones que contienen las palabras "sistema económico" y "producción". (Ayer, 1965), p. 213).

Obviamente, dicho positivismo lógico era epistemología; pero epistemología no es sinónimo de positivismo lógico. Las proposiciones de éste constituyeron sólo una de las tantas proposiciones epistemológicas. Es decir, las teorías sobre la racionalidad científica son variadas y pueden equivocarse. Hay varias epistemologías y varias proposiciones: la epistemología positivista, bungeana, popperiana, lakatosiana, kuhniana, empirista, idealista, racionalista, duhemniana, anarquista, escéptica, probabilista. Están en constante disputa.

Lakatos ha utilizado la metáfora que ha usado Popper en cuanto a las distintas concepciones epistemológicas. La utilizó para distinguir los puntos de vista entre el primero y el segundo Wittgenstein, los aprioristas, Popper y Feyerabend. Así, sostuvo que el primer Wittgenstein (aproximadamente hasta 1922) aprendió de Bühler que nuestros sistemas conceptuales expresados a través del lenguaje son los lentes con los que contemplamos el mundo. El segundo Wittgenstein (aproximadamente desde 1929 hasta su muerte) negó la posibilidad de elegir entre dos lentes según su calidad, por lo tanto "todo lo que se puede hacer es limpiar los lentes que uno lleva puestos". La confección de lentes perfectos sería la tarea de los aprioristas. La de Popper, ha sido la de evaluar los méritos relativos de diferentes lentes". Y a Feyerabend en realidad no le importa que alguien vaya por ahí con los lentes sucios. (Lakatos, 1981, p. 306).

Pero independientemente de cuál teoría epistemológica se trate, a la epistemología se puede llegar desde la ciencia. Quienes la están nutriendo son científicos que en un momento determinado de sus investigaciones han comenzado a preocuparse y a indagar acerca del status de sus procedimientos o de sus teorías. También se puede llegar desde la filosofía y, específicamente, desde la teoría del conocimiento. Desde Kant, sobre todo, la filosofía comenzó a preocuparse de una teoría del conocimiento propiamente dicha.

Así, pues, existen dos tipos de ejercitantes de la epistemología: quienes practican la ciencia y quienes practican la filosofía. Pero esta no es una simple bipartición, pues tiene importantes derivaciones. Debido a la circunstancia de que la epistemología no solamente tiene estrechos vinculos con problemas concretos que se originan en la investigación científica, sino que, además, una discusión se hace más productiva justamente cuando se la vincula con tales problemas concretos, es que se han constituido en los motivos por los cuales muchos epistemólogos se han venido plegando al veredicto de que quienes están en mejores condiciones para discutir problemas epistemológicos son, única y exclusivamente, los epistemólogos que provienen del ejercicio de alguna ciencia en particular y no de los epistemólogos que pernoctan en su expedición desde la filosofía.

Aspirantes autorizados al ejercicio de la epistemología: ¿filósofos o científicos?

Por definición, la ciencia siempre va más avanzada que la epistemología (Lakatos, 1983). De aquí podría deducirse que si la epistemología estuviera constituida sólo por filósofos, estaría más atrasada de lo que está hoy en día. Los problemas que encuentra un investigador en su labor concreta se constituyen inmediatamente en problemas epistemológicos gracias a que tales científicos se convierten en epistemólogos. Este es, un método muy distinto al del epistemólogo que viene de la filosofía, pues tiene que esperar que a otros -a los científicos- se le presenten problemas, los discutan y los publiquen para que pueda comenzar a examinarlos. De esta manera, los problemas sólo serán nuevos para los investigadores. Según esta concepción, la epistemología no se estudia, se ejerce.

Por ejemplo, Bernstein (1983), en su intento por explorar en los debates acerca de la crisis de las ciencias sociales advirtió en la introducción de su obra que era más importante nutrirse de lo que decían los científicos sociales practicantes y conscientes de su metodología y no de lo que decían quienes se han convertido en filósofos de las ciencias sociales. Se quejaba de la circunstancia de que la filosofía de las ciencias sociales "se ha convertido a menudo en una triste hermanastra de la filosofía de las ciencias naturales, y una excusa para tratar cuestiones epistemológicas generales 110 relacionadas con lo que ocurre efectivamente en las disciplinas sociales" (p. 15).

De manera similar, Popper (1983) ha convenido en prevenir que "los debates metodológicos más fructíferos están siempre inspirados por ciertos problemas prácticos con los que se enfrenta el investigador; y casi todos los debates sobre el método que no están así inspirados se caracterizan por esta atmósfera de fútil sutileza que ha desacreditado a la metodología ante los ojos del investigador práctico". Y concluye: "Es necesario darse cuenta de que los debates metodológicos de tipo práctico no sólo son útiles, sino también necesarios" (p.71).

Igualmente, Bunge ha sostenido que el científico es quien mejor está dotado para discutir acerca de problemas epistemológicos. Ha constatado que, desgraciadamente, hoy en día hay epistemólogos que no tienen formación científica y que sólo han estudiado filosofía. Se ha lamentado de la circunstancia de que actualmente la epistemología está poblada de "escolásticos", es decir, de gente que no viene de la ciencia sino de la filosofía. Son personas que nunca han tenido contacto con una ciencia en particular. Esta profesionalización de la epistemología tiene un grave defecto, pues se ha nutrido de personas que "hablan de lo que no conocen", es decir, son personas que "tocan de oído".

Si hoy día quiero hablar del espacio y del tiempo, dos temas filosóficos por excelencia, debo conocer la Teoría de la relatividad de Einstein. Si deseo opinar sobre la materia constitutiva de la realidad, tengo que escuchar primero lo que dicen las teorías cuánticas. (Bunge, 1987, p. 162).

Obviamente estos son sólo dos ejemplos que Bunge toma de las ciencias naturales. También podría decirse lo mismo acerca de ejemplos tomados de las ciencias sociales. Sería necio negar el componente verdadero de su reclamo. No es lo mismo un filósofo hablando de epistemología de una ciencia social en particular, que un científico social hablando de epistemología. Bunge ha insistido en los perjuicios que ha ocasionado la profesionalización de la epistemología.

Creo que la epistemología en sí misma está pasando por un mal momento y que eso se debe precisamente a la difusión que menciona [el entrevistador]. En especial a partir de los años ‘60 se profesionalizó hasta el punto de tener adeptos que nunca estuvieron en contacto con una ciencia particular. Estudian directamente filosofía de la ciencia, o de la técnica. Por este camino la producción es muy superficial, no se ocupa de los problemas que aparecen todos los días en una investigación concreta sino de cuestiones que preocuparon en algún momento a otros epistemólogos. Esto marca un rumbo muy escolástico e, insisto, muy profesional en el mal sentido de la palabra. (p. 174).

Esta posición tampoco es nueva. Lakatos la encontró enunciada por Watson en 1967:

el espíritu de la física nos viene dado por los físicos que reflexionan sobre ella, hacen experimentos, la examinan, escriben sobre ella y la enseñan. Este es el único espíritu que vale la pena poseer. El resto es una especie de morbidez patológica que impide al hombre aprender de la naturaleza, y desalienta la participación real en ese proceso creador. En estado de buena salud, esto no es natural. La filosofía, como Wittgenstein observó una vez, debería liberarnos de la idea de que existe una clase de doctor académico que puede hacer por los físicos y otros científicos cosas que ellos mismos son incapaces de hacer. (W. H. Watson, 1967, citado por Lakatos, 1981, p. 313).

Es cierto que para comprender algunos problemas epistemológicos es preciso contar con información científica. Es cierto que la epistemología debe ser jurisdicción de los científicos practicantes y que aquí se garantiza que la discusión sea más fructífera y pertinente.

Se puede aseverar que estos reclamos están aderezados con el alerta contra los extravíos escolasticistas; pero después de percibidos, queda un saborcillo que perturba. Este malestar se acentúa cuando se constata que tales advertencias no están "a punto". Queda la sensación de que están condimentados excesivamente con los males de un extremismo exagerado. El componente legítimo en contra del escolasticismo queda desvirtuado por su solución exagerada. Como diría Popper, está concebido para solucionar más de la cuenta. Estas alertas pueden pecar de ser excesivamente puristas. Los problemas de las ciencias particulares se pueden expresar en términos epistemológicos. Es más, dichos problemas se han tomado de la historia de la ciencia para ilustrar problemas epistemológicos e incluso para construir teorías epistemológicas enteras. Por lo tanto, dado que los términos y las expresiones epistemológicas, traducidas desde algunos problemas de la investigación, son el vínculo entre la teoría epistemológica y algunos problemas científicos, entonces el filósofo o el epistemólogo sí pueden, inversamente, y partiendo de sus propias racionalidades, criticar la ciencia. Tal como lo mostró Lakatos, la ciencia no es sacrosanta. Los filósofos sí pueden y deben criticarla. Lakatos calificó como elitista esta concepción de la epistemología en sus comentarios acerca de la obra de Toulmin y la criticó:

Según ellos [los elitistas] la ciencia sólo puede ser juzgada por procedimientos de jurisprudencia, y los únicos jueces son los científicos mismos. Si estos autoritarios tienen razón, la autonomía académica es sacrosanta, y el lego, el extraño, no debe atreverse a juzgar a la elite, científica. (1981, p. 303).

Por otro lado, Bunge ha sostenido de la siguiente manera que la filosofía debe estudiarse según los criterios científicos.

En conclusión: el correcto planteamiento de los problemas filosóficos -su elección y su tratamiento no difiere, o no debería diferir, demasiado del planteamiento correcto de los problemas científicos, por mucho que difieran los temas y las técnicas. Pero esto no es más que un modo ambiguo de decir que no hay más que un modo de plantear los problemas de conocimiento, ya sea en la ciencia pura, ya en la

aplicada, ya en la filosofía: no se pueden plantear problemas de conocimiento sino científicamente. Esto puede ser dogmático, pero vale la pena intentarlo para ver si cambia la situación de la filosofía. (1985, p. 244).

Vale la pena, pues, trasladar la forma de tratar problemas de la investigación científica hacia la forma de tratar problemas filosóficos. Es obvio que Bunge reconoce que esto implicaría nada menos que un dogmatismo científico, pues sería reducir todas las formas de conocimiento a los cánones establecidos en la ciencia. Pero hay un supuesto implícito en esta recomendación y es el que interesa destacar y comentar. Si la filosofía se estudia y examina según estos procedimientos, entonces el filósofo sí ejerce la investigación. Y si ejerce la investigación, entonces si conoce procedimientos científicos y sí tiene derecho a hablar de la ciencia. No podrá hablar de los problemas de la química o de la física, pero sí podrá hablar de los problemas que se originan en la práctica de la investigación científica, en el ejercicio de la investigación concreta. En este orden de ideas, puede añadirse que así como hay que estudiar la filosofía con criterios científicos, la ciencia también puede estudiarse con criterios filosóficos.

Los científicos sociales frente a la epistemología

Es obvio que un científico social, desprovisto de formación epistemológica, que tropieza con problemas graves de epistemología, o que simplemente no sabe cómo resolver ciertas vicisitudes, en algún momento deplorará la ausencia de su instrucción epistemológica. Aparte de su experiencia en el ejercicio de la investigación, la única manera como puede actualizarse en las discusiones epistemológicas consiste en afiliarse al aprendizaje de la epistemología. Leyendo y examinando críticamente las obras de los interesantes epistemólogos, podrá averiguar cuáles teorías son útiles para resolver parte de sus problemas. Pertrechado de conocimientos epistemológicos regresará al ejercicio de su investigación científica. Pero para hacer ciencia, le será muy útil saber hablar de la ciencia. Más que en las ciencias naturales, en las sociales los procedimientos de los investigadores con formación o sin formación epistemológica son enteramente diferentes. Cuando se aprende epistemología, la investigación científica no vuelve a ser la misma. La epistemología, en este sentido, no es inocua. Por ejemplo, desde Popper, la epistemología enseña, cuidadosamente, que los justificacionistas son peligrosos. Los economistas, por ejemplo, han aprendido de los filósofos de la ciencia que "el apriorismo y el positivismo lógico ya no son patrones dignos de confianza para el ejercicio de la teorización científica y han comprendido que el instrumentalismo, el operacionalismo y el convencionalismo ya no pueden ser tomados como principios metodológicos indiscutibles para su disciplina" (Salanti, 1987, p. 368).

Un ejemplo notable de cómo la filosofía puede ayudar a la ciencia es la "revolución copernicana" de Kant. Como es conocido, Kant llamó así a su concepción. Así como Copérnico comprendió que la concepción de la relación de los cielos no permitía progresos y rompió tal "punto muerto" al invertir las cosas y suponer que quienes estamos "en reposo" somos nosotros, Kant igualmente invirtió la concepción precedente en la que el observador era considerado como un ente pasivo en el proceso de conocimiento por la concepción que ahora considera al observador como un ente activo.

Hay un clima kantiano de pensamiento sin el cual no serían concebibles las teorías de Einstein o de Bohr; y podría decirse que Eddington es más kantiano que el mismo Kant, en algunos aspectos. Y hasta aquellos que, como yo mismo, no pueden admitir la doctrina de Kant en su totalidad, aceptan la idea de que el experimentador no debe esperar hasta que a la naturaleza le plazca revelar sus secretos, sino que debe interrogarla (Popper, 1983, p. 226).

Las pretensiones de Francis Fukuyama (1989 y 1992) en cuanto a que el "éxito" de las democracias liberales constituye el fin de la historia -interpretación proveniente de Hegel a través de Kojève- no es un problema que pueda resolverse con teoría económica o teoría política. Esas pretensiones no se pueden oponer a verificaciones científicas acerca de tales proposiciones. La comodidad de la teoría de Fukuyama no se opone al rigor científico. Por más apoyo evidencial que se atesore contra su proposición nunca será suficiente para mostrar la falsedad o la aserción de sus enunciados. Es decir ejerciendo un razonamiento popperiano, no tiene ningún sentido incrementar su contenido o incrementar el apoyo evidencial en contra de tal proposición. Esa no es la vía para discutir su aceptabilidad o no. No se trata de que no se hayan encontrado los argumentos adecuados o pertinentes para refutarlo o corroborarlo. Un torneo en el que se busque reforzar las distintas posiciones con tales argumentos proporcionará inmensas satisfacciones narcisistas intelectuales a los contendientes, pero no resolverá los problemas de contenido de sus proposiciones.

Por el contrario, si se comprende que las proposiciones de Fukuyama son creencias, entonces el problema sí se entenderá más cómodamente y contribuirá a preparar las respuestas o los comentarios correspondientes. Y el problema de las creencias no es un problema que pertenezca a la teoría económica o a la teoría política. Es un problema que, aunque no pertenece exclusivamente al campo de la epistemología, ésta sí lo ha estudiado o lo ha usufructuado de forma muy productiva y sistemática o, por lo menos, de una manera mucho más sistemática que la teoría económica o la teoría política.

Pero hay otro componente que es merecedor de una importante puntualización. Y he aquí la enormidad del Problema. Si las ciencias sociales todavía no han alcanzado un desarrollo científico análogo al de las naturales, entonces, ¿qué pasaría con los inexpertos e incluso expertos investigadores que intentan ejercer la racionalidad científica en las ciencias sociales? ¿Deberían esperar a que las ciencias sociales alcancen un grado tal de desarrollo que sus problemas sean dignos de entrar al reino consagrado de la epistemología? La respuesta es, obviamente negativa.

Hoy en día, quien quiera formarse epistemológicamente, o no pasar por un ignorante de las teorías sobre la racionalidad científica, o quiera, como debe ser, pertrecharse de teorías epistemológicas para entender los problemas de una ciencia social en particular, no le queda otro camino que familiarizarse con la inmensa producción bibliográfica sobre la materia. Lamentablemente, nadie puede partir de la discusión epistemológica de un problema de teoría económica, llevarla a un congreso o publicarla y encontrarse allí con un filósofo que le ilustre que tal problema ya ha sido discutido o resuelto hace años por algún otro filósofo cuya actividad se ha caracterizado precisamente por no ser la de un científico practicante. En este punto, es altamente ilustrativo el ejemplo que expuso Blaug (1985) con respecto al libro de Hollins y Nell, titulado Rational Economic Man: A Philosophical Critique of Neoclassical Economics, publicado en 1975. Comentándolo, Blaug observó cómo tales autores llevaron el esencialismo hasta sus últimas consecuencias. Pero, como es conocido, hoy en día, para hablar de esencialismo no es posible ignorar las importantes críticas que Popper ha conducido contra él. obviamente, esto no significa que no se pueda defender alguna posición moderada de esencialismo, pero aun así, es preciso enterarse previamente de las críticas que se le han formulado. De esta manera, por no estar suficientemente actualizados, tales autores defendieron su esencialismo sin enterarse de las formidables críticas que había provocado. Por ello, Blaug se vio obligado a opinar que "nos sentirnos casi tentados a decir que si estos autores hubiesen leído los numerosos y devastadores comentarios de Popper sobre la filosofía del esencialismo, [...] su libro hubiera quedado privado de su razón de ser" (p. 146). Por lo tanto, la investigación en las ciencias sociales debe incluir un componente de conocimientos epistemológicos.

No todos los científicos sociales se acercan a las obras más importantes de la epistemología moderna. Pero tampoco es cierto que todos quienes se aproximan lo hagan simplemente para recabar una inocua cultura científica o para disfrazarse de una falsa erudición. Lo hacen porque intentan conocer las importantes discusiones epistemológicas presentes en la investigación científica. También, porque tienen problemas graves en su investigación. Porque necesitan ayuda. Sólo así, estarán en capacidad de despejar los referentes de las ciencias naturales y captar los problemas epistemológicos. Los problemas de la demarcación, de la verificabilidad, de la falsabilidad o de las teorías no son problemas que solamente conciernan a la investigación de la naturaleza. También son pertinentes con respecto a la investigación de la sociedad.

Los inexpertos investigadores frente a la epistemología

Ahora bien, es cierto que hay diferencias importantes entre quienes se acercan a la epistemología. En este sentido, no es lo mismo hablar de ciencia que hacer ciencia. Ni es lo mismo leer sobre la investigación que emprenderla, ni hablar que observar ni, finalmente, filosofar que hablar de filosofía. Y no es lo mismo hablar de epistemología sin ejercer la ciencia que hablar de epistemología ejerciendo la ciencia. Marx criticó a algunos alemanes que creían que por el simple hecho de aprender griego ya se creían filósofos en griego, cuando ni siquiera eran filósofos en alemán. En términos similares, el hecho de que alguien estudie y aprenda epistemología no lo convierte en investigador.

Entonces, por un lado se tienen los científicos de las ciencias sociales y los científicos de las ciencias naturales, y, por otro, los filósofos que no investigan. Pero falta un grupo. El grupo de los inexpertos investigadores. Si las cosas son así, entonces, con el temor de que sean calificados de escolasticistas, ningún inexperto, ni ningún principiante podría acercarse a la epistemología. ¿En qué lugar quedarían los estudiantes que están siendo entrenados científicamente en estos momentos? Enseñar epistemología a los investigadores en formación no quebranta su entrenamiento.

Pocos autores negarían la importancia y la gran cantidad de obras epistemológicas que han venido publicándose. Hoy en día existe suficiente material bibliográfico que, dispuesto y usado sistemática y ordenadamente, puede ser usado para dictar los cursos de epistemología en los distintos departamentos e institutos de investigación. Ya se han adelantado los estudios epistemológicos, y no se pueden desconocer y esperar que los inexpertos investigadores y posibles científicos concluyan su formación. Es decir, ¿habría que esperar que los científicos de nuestros países se terminen de formar? ¿Con respecto a cuál patrón se les podría considerar como ya listos para la discusión epistemológica? ¿A partir de cuándo sería lícito el comienzo de la discusión epistemológica?

El tren epistemológico ya ha comenzado su marcha y no podemos limitarnos, pasivamente, a observarlo. No solamente es posible abordarlo para evitar penosas marchas a pie, sino que también es posible que pasajeros de última hora, pero frescos y con ingenio disciplinado, puedan modificar algunos de sus trayectos. Definitivamente no se puede partir de cero o, mucho peor, no se puede pretender ignorar la gran cantidad de teorías y proposiciones epistemológicas que están en la discusión internacional. Existen, están ahí y pueden ser de gran utilidad en la formación de los inexpertos investigadores. En este sentido, hay que reconocer que así como la epistemología no se estudia sino que se ejerce, también es útil destacar que quienes ni la ejercen ni la estudian, estarán más desfavorecidos. Es preciso iniciar su formación pero siempre alerta frente a las desviaciones escolasticistas.

O como oportunamente ha distinguido Mario Bunge. Ambas concepciones son merecedoras de estudio: no hay que exagerar con la "metodolatría" pero tampoco hay necesidades –y es peor- ser "metodoloclastas", pues sería necio negar que actualmente existe un número de métodos que funcionan razonablemente bien y todos los métodos -o al menos las tácticas de su aplicación- pueden mejorar (1983, p. 257).

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