Copyright © 1994. Depósito legal pp. 76-0010 ISSN 0378-1844. INTERCIENCIA 19(3): 130-136

Forma correcta de citar este articulo: FERNANDO I. ORTIZ CRESPO 1994. LA CINCHONA ANTES Y DESPUES DEL VIRREINATO DEL CONDE DE CHINCHON. INTERCIENCIA 19(3): 130-136. URL: http://www.interciencia.org.ve


LA CINCHONA ANTES Y DESPUES DEL VIRREINATO DEL CONDE DE CHINCHON

FERNANDO I. ORTIZ CRESPO

Fernando Ortiz Crespo nació en Quito en 1942. Tras educarse inicialmente en Quito, estudió biología en la Universidad de St. Louis Missouri, y en la Universidad de California en Berkeley (1965-1968), obteniendo los títulos de B. Se. y M.A. Culminó sus cursos doctorales en la Universidad de California en 1974 y obtuvo allí su Ph. D. en zoología en 1980. Su tesis versó sobre la biología de los colibríes, grupo de aves al cual ha dedicado una decena de sus más de 50 artículos científicos. Después de servir en la Universidad Católica del Ecuador (1968-1970 y 1974-1980), en el Instituto Nacional Galápagos (1981-1984) y en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico (1984-1986) se desempeñó en USAID-Ecuador como asesor en manejo de recursos naturales y en fortalecimiento del Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (1986-1991). Fue nombrado Secretario Técnico-Científico del Instituto Italo Latino Americano (ULA) de Roma a fines de 1991. Dirección: Secretario Técnico Científico. Instituto Italo Latino Americano. 26 Piazza G. Marconi. 00144 Roma, Italia / Fax 0039-6-591-4923.


RESUMEN

Este artículo examina dos de las mejores revisiones de la historia de la Corteza de Quina (Haggis, 1941; Guerra, 1977), para mostrar que varios puntos oscuros sobre su descubrimiento y difusión no han sido aclarados. Las referencias dadas por estos autores y otras fuentes se usan para hacer una lista de la literatura temprana y para poner énfasis en algunos hitos importantes en la difusión del febrífugo en la Europa del siglo XVII, Se observa que casi un siglo antes los autores españoles Juan Fragoso y Nicolás Monardes publicaron dos párrafos gemelos sobre una corteza medicinal de un árbol que no nombraron, Dijeron, sin embargo, que el árbol era del Nuevo Mundo y describieron el remedio en términos sugerentes de la Corteza de Quina; en primer lugar, el modo de preparación y administración que anotan es parecido a aquel registrado por los tempranos cronistas que hablaron de Cinchona con autoridad; en segundo lugar, el árbol salutífero es descrito en párrafos separados con respecto a las secciones que tratan de plantas con las cuales la Quina fue confundida más tarde y, por fin, la afirmación hecha por estos autores de que el árbol no lleva fruto también se encuentra en el clásico libro de Sebastiano Bado sobre la Corteza, honrado por Linneo cuando nombró a la planta Cinchona. La supuesta carencia de fruto fue explicada por el sabio francés La Condamine, el primer europeo que estudió la planta en el campo. Fragoso y Monardes dijeron que los indios tenían el remedio en gran estima y que los españoles aprendieron a usarlo de ellos. Si se admite que el árbol misterioso de estos escritores tempranos era en efecto Cinchona, entonces la Corteza de Quina debió ser parte de la medicina indígena precolombina y probablemente llegó a España poco después de los primeros contactos trasatlánticos regulares, cuando sus propiedades saludables todavía estaban mal definidas. PALABRAS CLAVE / Cinchona / Historia / Descubrimiento / Difusión /


Un episodio a la vez trascendental y oscuro de la historia de la medicina es el ingreso de la Quina en la farmacéutica moderna. La dificultad secular de aclarar este capítulo es tanto más incómoda cuanto que, en términos de vidas humanas salvadas, la Quina ha sido probablemente el remedio natural más benéfico de la farmacopea mundial. Para aclarar elementos de esta saga, el presente artículo (I) trata de extraer datos firmes en base a una compilación de las referencias más tempranas, (II) examina las opiniones modernas más autorizadas sobre la evidencia historiográfica, (III) enfatiza los conflictos de interpretación aun no resueltos, (IV) llama la atención a dos aportes olvidados muy anteriores a las fuentes habitualmente citadas, y (V) arguye que tales aportes favorecen la hipótesis de que la Quina era conocida por los indios de los Andes en tiempos anteriores a la Conquista y que, aunque comenzó a ser enviada a Europa poco tiempo después, su acción febrífuga fue redescubierta y se difundió en el siglo XVII.

Fechas y Lugares Importantes de la Difusión de la Quina

Para fijar hitos confiables en esta saga, los más sólidos aportes europeos en los últimos sesenta años (Haggis, 1941; Guerra, 1977) dan como las fuentes más tempranas las obras de Calancha (1638), Heyden (1643/45), Castelli (1653/54), Chifflet (1653), Fabri (1653), Cobo (1653), Plempius (1655), Bado (1656), Sturm (1659), Brunacio (1661), Caldera (1663), Rothmann (1663), Bado (1663) y Amman (1663). El opúsculo de Pedro Barba, "Vera Praxis ad Curationem Tertian" de 1642, citado por muchísimos autores en este contexto, según Haggis y Guerra sólo habla de sangrías y purgas sin mencionar para nada la corteza medicinal. El lector que desee más información sobre estas referencias del siglo XVII debe buscarlas en los trabajos de los dos últimos autores, que las citan.

Haggis (Op. cit.: 443) dice que la Scheda de 1651, hoja posológica que se expedía con la Quina en la farmacia del Colegio Romano de los jesuitas, es "the earliest known printed document relating to Cinchona", pero después (Op. cit.: 587) añade: "The earliest mention in European literature of the use of Cinchona occurs in Belgium, in Herman van der Heyden's work in 1643". Además, también reconoce el temprano testimonio de Calancha, que completó su crónica a más tardar en 1633 cuando logró el "Imprimatur" en Lima. De estas referencias podemos deducir que la Quina fue conocida en el Perú antes de 1633, en Bélgica a más tardar en 1643 y en Roma antes de 1651. A esta última ciudad llegó regularmente desde 1647, pues así lo atestigua una carta del farmacista del Colegio Romano, Paolo Puccerini, reproducida en el más famoso libro antiguo existente sobre la Quina, que es a la vez la "fons prima" del episodio de la curación de la Condesa de Chinchón con la corteza, al que volveremos más adelante (Bado, 1663).

No es tan fácil establecer cuándo el fármaco hizo su aparición documental en España. Bado recapitula la documentación precedente anotando las publicaciones de Bartholinus, Bravo, Brunaccius, Caldera, Chifflet, Fabri (como "Antymus Conygius"), Jonston, Nardius, Plenpius, Sturm, y Van Honte (por desgracia, sin fecha de edición). La mayoría de estos nombres coinciden con los estudiados por Haggis y Guerra, pero amerita una mención especial el médico y profesor vallisoletano Gaspar Bravo. Según Guerra fue Bravo la fuente de la noticia de que el uso de la Quina en España se debió a los esfuerzos del médico del Conde de Chinchón, Juan de Vega. Bado, que también cita a Bravo m nombra a Vega, pero tal omisión -se explicaría porque Bado se refiere a "Resolutionem medicarum..." (abreviada RM; Bravo, sin fecha) obviamente anterior a 1663, mientras que Guerra cita "Disputatio Apologetica. . . " (abreviada DA; Bravo, 1669). Las primeras ediciones de estas obras aparecieron con anterioridad (RM: Bravo, 1649; DA: Bravo, 1654), pero no incluyeron mención alguna de la Quina. Mientras tanto, hay la seguridad de que en RM Bravo hizo referencia al medicamento antes de 1663 pues lo atestigua Bado (quien probablemente vio la 3a. ed. (Bravo, ( 1662), y también lo hizo en DA en 1669 como lo afirma Guerra. De aquí se deduce que Bravo sólo prestó atención a la Quina después de 1654, por lo que la aparición documental del febrífugo en España se debió dar entre 1654 y 1662. Es de lamentar que, a diferencia de Haggis, Guerra no dé en su estudio las citas literales de Bravo, Caldera y otros autores antiguos y poco conocidos que él trae a colación; la puerta queda así abierta para posteriores reinterpretaciones de tales escritos

La Demolición de la Leyenda de la Condesa de Chinchón

Haggis (1941) fue al parecer quien hizo notar en Europa que el episodio de la Condesa de Chinchón era probablemente sólo una leyenda. Por más que una autoridad como Linneo había dado el nombre Cinchona a la Quina y así había inmortalizado este suceso, y a pesar de que autores de la talla de Clements Markham y Ricardo Palma sumaron detalles de su propia cosecha a la narración badiana, Haggis, basándose en el descubrimiento del diario oficial del Virreinato del Conde de Chinchón y otros documentos, introdujo serias dudas sobre aquella narración y echó por tierra los adornos acomodados posteriormente. Sin embargo, cabe notar que ya en el siglo XIX un historiador peruano había puesto de manifiesto ciertas inconsistencias en torno al Conde de Chinchón, como el hecho de que ni su primera esposa, Ana de Osorio, ni su segunda consorte pudieron, difundir la Quina en España a su regreso del Perú, como Markham y otros afirmaban, en vista de que la primera nunca fue a ultramar pues murió antes del encargo virreinal de su marido, y la segunda, Francisca Henríquez de Rivera, que fue al Perú y pudo ser la protagonista de la cura, pasó a mejor vida en Cartagena de Indias a inicios de 1641, en una escala del viaje de retorno a España (Torres Saldamando, 1882).

Un testimonio de un autor americano del siglo XVII dice: "Dase un árbol que llaman 'de calenturas' en tierras de Loxa, con cuyas cortezas, de color de canela, echan polvos dados en bebida el peso de dos reales, quitan las calenturas i tercianas

El Caso de la Carta Desaparecida

A pesar de esto, hay un dato que los estudiosos europeos modernos han dejado sin comentar. En el Archivo Nacional de Lima se habría conservado una carta del Padre General de los Jesuitas que, en cita textual, alababa al Provincial del Perú porque "la Excma. Señora Condesa de Chinchón hubiese recuperado la salud por medio de los nuestros... Del medicamento recibimos una cantidad con el [Padre Procurador] y se proveerá lo conveniente para su aplicación" (Torres Saldamando, Op. cit.: 191). No hay la fecha de la carta, que no ha vuelto a ser hallada ni en original ni en copia por ningún otro investigador (incluyendo el docto jesuita peruano Vargas Ugarte, que la buscó repetidamente). Es lamentable que sea así pues, de existir, habría una base documental más firme para el relato de Bado sobre la Condesa. Torres, que lo acepta, dice que "No hacía aun un año que el Conde y su noble esposa Doña Francisca Henríquez de Rivera se encontraba en Lima, cuando ésta fue atacada por una fiebre intermitente contra la cual la ciencia no conocía hasta entonces medicamento alguno" (Op. cit.: 181), repitiendo a continuación su versión del episodio. No dice por qué fija este período para la probable fecha del mismo, pero, como dice que buscó en otros papeles jesuitas del año 1630 más noticias al respecto sin éxito, da a pensar entonces que el mal de la Condesa fue a fines de 1629 o inicios de 1630. Sin embargo, extractos del epistolario peruano conservados en la Casa Generalicia de los jesuitas en Roma no contienen referencia alguna a la enfermedad y cura de la Condesa o a la corteza milagrosa, aunque sí están resúmenes de cartas del Padre General que nombran al Conde, o hacen comentarios sobre sus relaciones con los jesuitas en Lima, y hasta hay noticias sobre el Procurador jesuita que vino del Perú (a Sevilla y eventualmente a Roma), Alonso Messía, nombrado para este encargo en 1630, y que debió ser el portador de la buena nueva acerca de la Condesa de haber en realidad sucedido, ¿Cómo algo que mereció un escrito del Padre General pudo no quedar registrado en el archivo matriz de los jesuitas, o, peor aún, escapar al diarista oficial del Virreinato que escrupulosamente recogió los detalles de la vida del Virrey y los sucesos de la corte, de mayo de 1629 a noviembre de 1638? ¿Por qué el autor del diario ya mencionado registró repetidas veces que fue el Virrey Conde de Chincón el afiebrado y que como toda cura recibió sangrías y Purgas, si la Quina ya había sido ensayada con tanto éxito en su consorte y en otros enfermos? Estas preguntas, algunas de las cuales fueron hechas por Haggis hace más de cincuenta años, siguen sin contestación a menos que aceptemos que todo este episodio -incluyendo la carta que supuestamente vio Torres- no pasa de ser una fábula.

Primeros Testimonios Incuestionables Sobre la Quina

Es de lamentar que Haggis no haya ofrecido una hipótesis para reemplazar este recuento que consideraba ficticio en vista de sus persuasivos razonamientos. Por añadidura, hay aun más fundamento a sus dudas gracias a que, como él mismo observó, si este episodio escapó al diarista oficial por cualquier causa, es sorprendente que tampoco haya sido recogido en las primeras noticias sobre la Quina que dieron Antonio de la Calancha y Bernabé Cobo, cuyas crónicas fueron escritas en el Perú en los mismos años en que estuvo allí Chinchón. Por su importancia, cito estas fuentes a continuación.

Un testimonio de un autor americano del siglo XVII dice: "Dase un árbol que llaman 'de calenturas' en tierras de Loxa, con cuyas cortezas, de color de canela, echan polvos dados en bebida el peso de dos reales, quitan las calenturas i tercianas; an echo en Lima efectos milagrosos" (Fray Antonio de la Calancha, 1638). Además hay otro testimonio desde América poco más de una década después, sobre el "Arbol de Calenturas", que afirma: 'En los términos de la ciudad de Loja, diócesis de Quito, nace cierta casta de árboles grandes, que tienen la corteza como de canela, un poco más gruesa, y muy amarga; la cual, molida en polvos, se da a los que tienen calenturas y con sólo este remedio se quitan. Hanse de tomar estos polvos en cantidad del peso de dos reales en vino o cualquiera otro licor poco anos de que dé el frío. Son ya tan conocidos y estimados estos polvos, no sólo en todas las Indias, sino en Europa, que con instancia los envían a pedir de Roma" (Padre Bernabé Cobo, 1653). Como se ve, nada hay en estas citas que haga entrever que la medicina se haya usado en beneficio de la dama más importante del Virreinato.

Otra Explicación y Otras Inconsistencias

Guerra (Op. cit.: 112) sigue mucho del mismo camino abierto por Haggis (Op. cit.) pero no se detiene como él en la mera refutación sino que trata de arribar a una explicación alternativa. No obstante, inicia su artículo así "Three major works have been published A recent years on the history of Cinchona... [among these is the work by] Haggis (1941) ... still repeating Bado's early account (1663) on how the Peruvian bark was first used in malaria". Guerra con estas palabras no hace justicia a Haggis, puesto que él repitió el relato de Bado no para endosado, sino para desmentirlo por Primera vez en los anales de la historia de la medicina Lo que es peor, pasa a atacar a Haggis frontalmente por sus dudas acerca del papel que Guerra atribuye al médico de Chinchón, Juan de Vega, del que Bravo hablaba ya en 1669, como hemos visto. Guerra llega a decir en ácida referencia al trabajo de Haggis ("Fundamental errors in the early history of Cinchona") que "Haggis made a fundamental error by denying that Juan de Vega, physician of the Count of Chinchon, had imported the first cargo of Cinchona into Europe in 1641" (Haggis, Op. cit.: 139). Sin embargo, Haggis, citando documentos firmados por Vega en Lima en 16411650, creó un escollo documental sobre la fecha del retorno de Vega que Guerra soslaya completamente.

Parecería que, mientras Haggis se esfuerza en disociar a la Quina de los personajes de la corte del Virrey Chinchón, Guerra acepta hacerlo a todos menos en relación al médico Juan de Vega, a quien consagra como introductor de la Quina en España cuando retornó el Conde al fin de su encargo en 1641. Pero Guerra se contradice, pues en otra parte de su artículo recuerda que Bado reprodujo párrafos de una carta del médico español José Villarroel que, en palabras de Guerra "said unequivocally that Cinchona was tried for the first time in Spain at Alcalá de Henares in 1639 on Miguel de Barreda, the professor of theology at the University" Guerra, Op. cit.: 135). Al respecto, Haggis había dicho treinta años antes que Guerra: "If ... it was in 1639 that Dr. Michael de Barreda was cured of fever with Cinchona, it was not with bark brought to Spain by the Count of Chinchón who did not arrive until two years later" (Haggis, Op. cit.: 581-582), objeción que se aplica perfectamente a cualquiera que lo hubiera acompañado trayendo la corteza en 1641. Esto demuestra que aun elementos tan básicos como la identidad M primer portador y la fecha de entrada de la Quina a España siguen causando discordias y contradicciones, lo que debe estimular nuevas investigaciones que permitan una explicación satisfactoria.

... la fecha de entrada de la Quina a España siguen causando discordias y contradicciones, lo que debe estimular nuevas investigaciones que permitan una explicación satisfactoria.

Descripciones de Chinchona en la Epoca Prechinchoniana

Durante una búsqueda en las bibliotecas de Roma de obras tempranas sobre la materia médica de América me sorprendió descubrir datos útiles pero olvidados (o pasados por alto) en sendos párrafos de dos autores españoles del siglo XVI, Juan Fragoso y Nicolás Monardes, el segundo de los cuales por lo menos ha merecido reediciones muy recientes de sus obras. Sin embargo, los estudiosos que se han ocupado de ellas al parecer no se han detenido en los párrafos que cito a continuación.

El Texto de Fragoso

En la Biblioteca Angélica de Roma existe el pequeño volumen "Aromatum, fructum, et simplicium aliquot medicamentorum ex India utraque, et Oriental et Occidental, in Europam delatorum, quorom iam est usus plurimus, Historia brevis, utilis et iucunda. Conscripta primum Hispania a Joanne Fragoso nunc Latine edita opera ac studio Israelis Spachii Med. D. & Prof. Argentiniensis" (Fragoso, 1600), edición latina del libro "Discursos de las, cosas Aromáticas, árboles y frutales, y de otras muchas medicinas simples que se traen de la India y [sic.] Oriental y sirven al uso de la medicina" (Fragoso, 1572). El título de la edición castellana no incluye la mención de las Indias Occidentales según la monumental Biblioteca Hispano-Americana (Medina, 1893. T. 1: 366). Esta conocida fuente bibliográfica consigna además de esta edición sólo la traducción latina de 1600. La Enciclopedia Espasa (Espasa-Calpe, 1958, T. 24, p. 858) indica que Fragoso es una autoridad reconocida de la lengua castellana, nacido en Toledo o en Lisboa, y abrevia un poco el título de la edición madrileña de 1572 sin incluir en él la mención de las Indias Occidentales, y no la incluyen tampoco las obras bibliográficas de Nicolás Antonio y de Palau (in litt.); por tanto, podría haber un error de imprenta en el frontispicio de la edición española, y, si es así, no sería difícil que la obra de Fragoso haya sido y siga siendo pasada por alto en España por quienes se interesen en la historia de los medicamentos del Nuevo Mundo; esto explicaría quizá el que nadie haya destacado el párrafo analizado a continuación.

La edición latina del libro de Fragoso, médico y cirujano de Felipe II, como indica el subtítulo, revela en cambio el pleno ámbito geográfico del libro por la doble referencia a la India Oriental y Occidental tiene además un índice alfabético de los nombres de las materias minerales, animales y vegetales tratadas que facilita mucho la consulta, y el texto contiene noticias dadas en un estilo terso con el nombre y sinónimos de cada producto, lugar de procedencia e indicaciones para su uso. El pasaje en cuestión es sobre un vegetal identificado como "Anonymos Arbor" que dice:

Texto Latino (fo. 35d)

"In Orbe Novo est Arbor quaeda magna, quae folia habet ad figuram cordis, et fructu caret. Duos habet cortices: unu crassiorem, valde solidum & durum, qui tam substantia, qua colore admodium similis est Guayaco; alius est magis subtilis & subalbidus, atque amarus cum aliqua adstrictione, nec non aromaticus. Magni illa faciunt nostri Indi, quia illa usuntur contra quemuis flussum, accipientes Pulverem ipsius pondere drachma unius, aut paulo plus, dissoluti in aqua chalibeata, aunt vino rubro"

Traducción al Castellano

"En el Nuevo Mundo hay un Arbol un tanto grande, que tiene hoja en figura de corazón, y carece de fruto. Tiene dos cortezas: una más gruesa, muy sólida, & dura, que tanto en sustancia como en color se asemeja a la del Guayacán; la otra es muy sutil y blancuzca, y amarga con alguna astricción, aunque no aromática. Grandes cosas hacen con ella nuestros Indios, que la usan contra cualquier flujo, tomando polvos 4 ella en el peso de un real, o un poco más, disuelto en agua caliente, o vino rojo".

El Pasaje de Nicolás Monardes

Otro de los primeros y más difundidos autores españoles de obras sobre fármacos exóticos fue el médico sevillano Nicolás Monardes, contemporáneo de Juan Fragoso pero que lo superó en fortuna literaria a juzgar por la amplísima difusión que alcanzaron sus libros dentro y fuera de España. Estos consisten de tres obras progresivamente más extensas, de las cuales la última, intitulada "Primera y segunda y tercera partes de la historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en medicina. . ." (Monardes, 1574), consultada en la Biblioteca Nazionale Centrale Vittorio Emmanuele de Roma, incluye el párrafo siguiente, como un apartado sin título que sigue al capítulo "De la çarçaparrilla de Guayaquil":

(fo. 91d - 92s)

"Del Nuevo Reino traen una corteza, que dize[n] ser de un arbol, que es de mucha grandeza, el cual dizen, que lleva unas hojas de forma de coraçon, y que no lleva fruto. Este arbol tiene una corteza gruessa muy solida y dura, que en esto y en el color paresce mucho a la corteza del palo que llaman Guayacan: en la superficie tiene una película delgada blanquisca, quebrada por toda ella: tiene la corteza mas de un dedo de gruesso, solida y pesada, la cual gustada tiene notable amargor, como el de la Genciana: tiene en el gusto notable astriction, con alguna aromaticidad, porque al fin del mascarla respira della buen olor. Tien[n] los indios la corteza en mucho, y usan de ella en todo genero de camaras, que sean con sangre o sin ella. Los Españoles, fatigados de aquesta enfermedad, por aviso de los Indios han usado de aquesta corteza y han sanado muchos de ellos con ella. Toman della tanto como una hava pequeña hecha polvos, tomanse en vino tinto, o en agua apropiada, como tienen la calentura o mal... Yo uve un pedazo de la corteza aura dos o tres días, la cual experimentare con lay cossas de mas, y daremos noticia de todo en la tercera parte, que Dios queriendo escribiremos desta misma materia...".

Identidad Botánica de las Sustancias Descritas por Fragoso y Monardes

La Parte II del tratado de Monardes, en la que aparece esta cita, se publicó por primera vez en 1571, o sea un año antes que la primera edición de la obra de Fragoso (Medina). Pero in entrar a debatir quién copió a quién, es obvio que ambos autores se ocuparon de un mismo producto vegetal, y que sus descripciones se pueden confrontar con las del "Arbol de las Calenturas" descrito cuando ya corría el siguiente siglo por Calancha y Cobo. Tal comparación muestra que, no obstante el paso del tiempo, las materias medicinales que describen los cuatro autores se parecen no sólo en proceder de la corteza de un árbol del Nuevo Mundo, sino en el sabor amargo y en el modo de, preparar, dosificar y administrar el medicamento derivado de ella. Sin embargo, podemos estar seguros de que, a pesar de este parecido, Calancha y Cobo, por nombrar su árbol asociándolo con su acción antifebril, no copiaron a sus predecesores.

¿Existen más pruebas que sugieran la existencia de una misma entidad vegetal detrás de estas descripciones? Fragoso da el nombre de "Anonymos Arbor" al vegetal que provee la corteza, mientras que Monardes lo deja sin nombrar del todo. Esto es explicable por la poca familiaridad -que en el siglo XVI se debía tener en Europa respecto a los productos americanos. En cuanto al lugar de procedencia, Fragoso dice que el árbol crece "en el Nuevo Mundo" probablemente por lo mismo, mientras que Monardes con más precisión puntualiza que se da "en el Nuevo Reino" (provincia que comprendía los actuales territorios de Colombia y el Ecuador). Fragoso prescribe la corteza para -cualquier flujo", mientras que Monardes indica que sirve para curar a enfermos de "cámaras (diarrea o disentería) y que los dolientes la toman "como tienen la calentura o mal", reflejando quizá una aplicación laxa del fármaco que así resultaría indicado para casos de 'flujo', diarrea, disentería, calentura o 'mal'. Se puede entonces tachar a estas dos descripciones de vaguedad, pero no se puede decir que contradigan la hipótesis de que se refieren a la Quina. Lamentablemente, Monardes no cumplió su promesa de dedicar a la corteza más atención en la Parte III de su obra, como había ofrecido hacer en la cita aquí transcrita (el lector interesado puede consultar al respecto cualquier edición moderna de su obra) y así no dio más detalles que los ya citados.

Fragoso da para su fármaco varios rasgos distintivos: es una corteza blanca, amarga y no aromática que proviene de un árbol de hojas acorazonadas que carce de fruto. Monardes coincide en dar casi los mismos detalles (aunque dice que su corteza tiene un dejo fragrante). Los textos de Calancha y Cobo se ocupan más de la corteza que de la planta que la produce. Así es menester recurrir a otras comparaciones para saber si aquellos rasgos se aplican a la Quina y no a otra planta medicinal. El riesgo de equivocación a todas luces más frecuente, al que Haggis y Guerra dedican particular atención por su impacto posterior en la claridad del registro histórico, es la confusión secular entre la Quina (género Cinchona) y el bálsamo americano o Quina Quina (género Myroxylon). Pero es obvio que Fragoso y Monardes no la sufrieron pues tratan bajo secciones separadas las substancias medicinales que llevarían a error. Así Fragoso describe "Balsami indici" [fo. 94s], mientras que Monardes habla "Del Balsamo" [un capítulo en la I Parte], Balsamo de Tolu' y "Fruto del Balsamo" [fo. 121d y ss. en la II Parte]; esta disposición de los textos en cuestión demuestra que tales plantas eran tratadas por separado del misterioso árbol cortífero.

La referencia más importante que ambos autores hacen es la falta de frutos de este árbol, carácter negativo que podría parecer a primera vista útil sólo porque permite distinguir al nuevo árbol cortífero de los bálsamos americanos cuyas semillas portadas en frutos bien visibles eran conocidas como "pepitas de quina". Pero cabe notar que uno de los informantes de Sebastiano Bado que al parecer tenía experiencia en cosas americanas le aseguró que la febrífuga "Corteza Peruana" provenía de árboles "sin frutos ni semillas". Aunque los colegas de Bado en Roma insistían en que dicha corteza provenía del mismo árbol que daba resina y "pepitas de quina" (confundiéndolo con Myroxylon), Bado -distanciándose de estos últimos- llegó a opinar que, mientras la higuera fue maldita por Jesucristo con la esterilidad, el árbol de la corteza febrífuga, aun careciendo de frutos y semillas como decían los que lo habían visto, no sufría menoscabo en su fecundidad y antes era bendito por la virtud curativa de su corteza. La cita textual dice: "Hanc tamen fructuum inopiam supplet uis illa, quam habet in cortice, undè tot prodeunt sanitates; dixeris planè natam esse, ad sanitatem gentium. Ficus quondam illa in Iudaea, maledictionem Christi meruit, quia sterilis, & infoecunda fuit. Arbor nostra divinam possidet benedictionem ferax est in sanandis homnibus, & fecundissima" (Bado, 1663: 17). Esto demuestra que Bado recogía un parecer idéntico al que consignaron Fragoso y Monardes casi cien años antes: que la corteza provenía de un árbol al que se atribuía carencia de frutos (y semillas). Así se comprueba que semejante defecto, lejos de provenir de un descuido o de una afirmación gratuita, constituye un argumento sugestivo a favor de la identificación del fármaco descrito por Fragoso y Monardes con el mismo al que se refería Bollo, es decir con la Quina.

Esta interpretación se refuerza al considerar que tanto Fragoso como Monardes anotan otro aspecto botánico que sólo los que habían visto la Quina viva podían saber: la forma de las hojas que en Cinchona son simples y más o menos cordiformes (en Myroxylon son compuestas, con folículos ovales). Estos pormenores están bien ilustrados en la iconografía que acompaña el artículo de Haggis (Op. cit.). También cabe acudir al testimonio de primera mano del explorador francés La Condamine, primer europeo que estudió botánicamente la planta in situ en 1737. Los grabados publicados por él confirman la silueta cordiforme de las hojas, pero además, en su memoria sobre su visita al hábitat de la Quina en Loja, él consigna la dificultad que experimentó en hallar árboles con semillas con estas palabras "Il est fort difficile de saisir ces semences sur l'arbre même dans une parfaite maturité, en murissant elles se séchent, & l'agitation du vent les fait tomber; en sorte qu'on ne trouve jamais sur la branche, que le fruit noüe, mais encore vert aussitôt après la chûte de la fleur, ou des capsules sèches & vuides. On peut aisément reconnoître par cette descripton, combien ont été mal informés les premiers Auteurs qui ont écrit sur le Quinquina, & en particulier Sebastien Badus Médicin Génois, dans son Traité intitulé 'Ariastasis Corticis Peruviani seu Chinae defensio'" (La Condamine, 1738: 232). Y para mayor abundamiento, Guerra mismo atribuye a Miguel de Heredia, otro médico español, ser el autor de un apéndice de un tratado de medicina (publicado en 1673) diciendo "[Heredia] describes Cinchona as the bark of a large fruitless tree growing in the province of Quito..." (Guerra, Op. cit.: 117), lo que demuestra que la falta de fruto siguió siendo citada después de Bado. Si se hubiera dado más atención a estas frases, quizá se hubieran buscado antecedentes sobre este insólito rasgo botánico, y la pista podría haberse remontado hasta llegar a autores que, casi cien años antes que Bado, ya habían hablado de una planta americana de iguales características, es decir, de la Quina.

La primacía de Fragoso y Monardes en describir la Quina en el siglo XVI aclararía el siguiente rompecabezas histórico que Haggis recuerda sólo como un malentendido: dice que Gideon Harvey aseguraba en 1683 que el febrífugo llamado en Inglaterra "Jesuit's Powder" -la Quina- tenía virtudes ya conocidas en Europa un siglo atrás; pero Haggis cree que esta afirmación, que "has wetted the appetite of almost every research student upon Cinchona, but hitherto without result" (Haggis, Op. cit., 452), se debe atribuir a que Harvey probablemente fue presa de la habitual confusión entre la Quina y el bálsamo americano, del cual diversas partes eran importadas a Europa desde el siglo XVI como un "cúralotodo". Pero semejante explicación no se puede extender a Fragoso y Monardes, quienes al afirmar que su árbol de hojas acorazonadas y corteza medicinal carecía de frutos, y al tratar por separado las entidades botánicas que autores posteriores confundieron, parecen haber tenido en mente un árbol cortífero distinto casi exactamente un siglo antes de Harvey.

Al parecer Fragoso y Monardes pensaron que este árbol era lo bastante importante para incluirlo en sus respectivos escritos pero sin nombrarlo para evitar equívocos. La misma prudencia no caracterizó a autores posteriores, sin embargo, quienes oficiaron varios intentos de bautizo, dando lugar a los interminables enredos que comentan Haggis y Guerra, y que culminaron en que a Cinchona le fueran asignados nombres como "China China" (en italiano), "Quinquina" (en francés) y "Quina" (en castellano), todos derivados del apelativo "Quina Quina" con que originalmente se conocían en el comercio los productos extraídos de Myroxylon. En la Región Andina se ha usado y usa todavía el nombre mucho menos confuso de "Cascarilla". Cabe recordar en este punto que Guerra se hace eco de la opinión de Caldera al respecto de que, en Espafia "Cinchona did not seem to have been used before 1625, because Monardes... never mention[s] it" (Caldera, 1663, en Guerra, op. cit.: 116). Hemos visto que Monardes probablemente sí mentó (pero sin dar nombre) al árbol que se llamó Cinchona más tarde; concluir que la Quina era desconocida en España porque Monardes no la quizo nombrar a pesar de que sin embargo la describió parece un non sequitur después de lo dicho aquí; también conviene decir que el testimonio de Monardes, que murió en 1588, tiene validez sólo hasta esa fecha, y que otras obras afines aparecidas en España unos años después deben ser cuidadosamente examinadas para hallar nuevos indicios.

Conclusión

Lo antedicho sugiere que Juan Fragoso y Nicolás Monardes se adelantaron más de medio siglo a Fray Antonio de la Calancha, citado modernamente como el primer autor en referirse a la Quina. El meollo de la cuestión reside en la descripción que los primeros hicieron de un árbol que parecía no tener fruto, caracterizado por tener hojas acorazonadas, que daba una corteza medicinal blancuzca y amarga, la cual, molida en polvo y disuelta en bebida en el peso de un real o un poco más (o en el volumen de una haba), tenía grandes poderes curativos. A esto habría que añadir que la corteza no era aromática (Fragoso) o que lo era poco (Monardes), que provenía de la Nueva Granada (Monardes) y que -al menos algunas veces- se usaba para enfermos afectados de calentura (Monardes) . No creo que se pueda describir mejor la Quina; faltaba sólo darle un nombre y poner énfasis en su acción antifebril.

En vista del descrédito de la leyenda de Chinchón debido al aporte de Haggis, y gracias al temprano interés de estos dos médicos españoles en los fármacos americanos, hay base para afirmar que la Quina fue probablemente conocida como materia médica desde mucho antes de su "descubrimiento" en la primera mitad del siglo XVII. Este conocimiento seguramente tuvo origen en los indígenas, quienes -según las palabras de Fragoso y Monardes -usaban la corteza con ventaja y la compartieron enseguida con los españoles. De acuerdo con esta interpretación, luego del contacto, éstos la habrían enviado a la metrópoli junto con otras novedades medicinales del Nuevo Mundo, aunque un tanto esporádica y descuidadamente. Habría sido entonces cuando la corteza pudo atraer la atención de Fragoso y Monardes aunque ellos no pudieran atestiguar a ciencia cierta otra cosa que su apariencia física, y debieran aceptar de oídas datos imprecisos sobre los caracteres botánicos de la planta-origen y sobre los efectos curativos del fármaco mismo.

Más concretamente, y tomando en cuenta el rol indiscutible de los jesuitas de Lima y Roma como difusores de la Quina (Vargas Ugarte, 1954, 1963; Canezza, 1925; Rompel, 1931), se pudo plantear la posibilidad de que, en la segunda mitad del siglo XVI al llegar a los Andes Lojanos, estos religiosos se interesaran en la Quina que era considerada por los indios como una especie de panacea, y eventualmente notaran la potente propiedad antimalárica de la variedad lojana probada más tarde en los enfermos en Lima. Se decidirían a darla a conocer en Europa ya entrado el siguiente siglo, provocando entonces su redescubrimiento como un antimalárico específico. Guerra (Op. cit.) también realza la intervención de los jesuitas para refinar el conocimiento indígena preexistente, pero da poco énfasis a este aporte; (para los indios, según él, la Quina era probablemente sólo un tónico contra el frío). Sin embargo, lo que más llama la atención es que, luego de expresar estas opiniones, en lugar dé atribuir también a los jesuitas la introducción del fármaco en su ropaje de febrífugo en Europa, como parecería lógico, Guerra la adjudique a un asociado del Conde de Chinchón, como hemos visto.

El relato badiano sobre la Condesa de Chinchón, que admitieron Linneo, La Condamine, Markham y casi todos los autores posteriores (contra el criterio de Joseph de Jussieu y Alejandro de Humboldt) ha sido tan convincente que ni el trabajo de Haggis lo ha logrado desvirtuar del todo, y, lo que es peor, con los siglos se ha ido convirtiendo en el sustento de adornos donde se confunden los vuelos de la fantasía con el frío registro de hechos históricos. Un ejemplo patente de esto es el artículo sobre la Quina de la Enciclopedia Espasa (Espasa-Calpe, 1958. T. 48: 1301), que no sólo reproduce este episodio como cierto sino que nombra a 'Ana de Osorio' como la Condesa protagonista, repitiendo el grave error de Markham. Pero el relato de la Condesa (sin su nombre de pila en el relato de Bado) sirvió al menos para que el remedio fuera aceptado en Europa. Irónicamente, Bado aportó con su novelesco relato el nombre botánico con que Linneo bautizó el "Arbol sin Nombre": Cinchona, pero, como he argüido recientemente (Ortiz Crespo, 1993), la leyenda, que eclipsó detrás de su "final feliz" testimonios como los de Fragoso y Monardes, sólo habría sido una especie de campaña publicitaria. Gracias a ella el mundo europeo aprovechó el arcano conocimiento indígena. Si admitimos tal explicación, este episodio podría considerarse como una muestra de reinterpretación europea de la realidad americana, una realidad que, desde estos tímidos inicios, iba a cambiar no sólo la medicina sino toda la cosmovisión de Occidente.

AGRADECIMIENTOS

Quiero consignar mis gracias a los Profesores G. B. Marini-Bettolo y Corrado Galeffi en Roma, y Plutarco Naranjo y Eduardo Estrella en Quito. por el estímulo que su interés y conocimiento acerca de este tema me infundieron para llevar a cabo este estudio. Los bibliotecarios del Instituto Italo-Latinoarnericano (IILA), Biblioteca Nazionale Centrale Vittorio Emmanuelle, Biblioteca Angelica, Biblioteca dell´Istituto di Storia della Medicina de la Universidad "La Sapienza" y Biblioteca del Instituto Histórico de la Compañía de Jesús de Roma me brindaron su ayuda en localizar referencias útiles; quiero resaltar en especial la ayuda de Teresa Imparato, Rossana Mosera y en lugar destacado la del P. Hugo Storni, S. J. por su apoyo en esta tarea. Agradezco también a Gina Di Bucci, Doris Andrews, Tatiana Seghi y a otros colegas del IILA por su valiosa colaboración y amistad.

REFERENCIAS

Bado, Sebastiano (1663): Anastasis corticis Peruviae, seu Chinae Chinae defensio. P. Calensani. Génova. La sección lleva por título Recensio eorum, qui scripsere de Cortice, p. l2.

Bravo, Gaspar (1649): Resolutionem et consultationem medicarum circa universam totius philosophicae doctrina, A. Vásquez, Valladolil. (Los trabajos bibliográficos no listan una edición más temprana)

Bravo, Gaspar (1654): Disputatio apogetica pro Dogmatica Medicina Prestantia. P. Chevalier Leiden 1ª. Ed

Bravo, Gaspar (1662): Resolutionem medicarum circa universam totius Philosophiae Doctrinam, T. Bordo. Leiden. 3d. Ed. (Nicolás Antonio en su monumental 'Bibliotheca Hispaniae Nova', observa como un rasgo valioso de esta edición el que se conforma de seis partes. de las cuales la tercera se titula Febrium Theoriae ac curationis").

Bravo, Gaspar (1669): Disputatio apologetica pro Dogmatica Medicina Prestantia. P. Chevalier. Leiden.

Caldera, Gaspar (1663): Tribunalis Medici Illustrationes et Observationes Practicae. J. Meurcium. Antwerp.

Canezza, Alessandro (1925): Pulvis Jesuiticus. Fedes Romana, Roma.

Cobo, Bernabé (1964): Historia del Nuevo Mundo. Ed. por F. Mateos. Biblioteca Autores Españoles. Atlas. Madrid. El prólogo autógrafo del MS original está firmado en Lima a 7 julio 1653.

De la Calancha, Antonio (1638). Coronica moralizada del Orden de San Agustín en el Perú. Pedro Lacavalleria, Barcelona. El libro lleva un 'Imprimatur' fechado en Lima el año de 1633.

Enciclopedia Espasa (1958): Editorial Espasa-Calpe. Madrid.

Fragoso, Juan (1572): Discursos de las cosas Aromáticas, árboles y frutales, y de otras muchas medicinas simples que se traen de la India y Oriental y sirven al uso de la medicina. Francisco Sánchez. Madrid.

Fragoso, Juan (1600): Aromatum, fructum, et simplicium aliquot medicamentorum ex India utraque, et Oriental et Occidentali, in Europam delatorum, quorum iam est usus plurimus, Histora brevis, utilis et iucunda. Conscripta primum Hispania a Joanne Fragoso nunc Latine edita opera ac studio Israelis Spachii Med, D. & Prof. Argentiniensis, Iodocus Martinus. Argentinae [Estrasburgo].

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Guerra, Francisco (1977): The introduction of Cinchona in the treatment of malaria. Pts. I y II. Journ. Tropical Medic. and Hyg. 80 112-118 135-140.

Haggis, A. W. (1941): Fundamental errors in the early history of Cinchona. Pts. I y II. Bull. Hist. Medic. 10: 417-459, 560-592.

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